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La Otra Crónica: Orgullo


Foto: marca.com
El Celta hizo honor en la tarde de ayer al himno que con tanta alegría interpretó hace un puñado de años la mítica formación de música tradicional A Roda. Ante un rival que no sólo está mucho mejor preparado si no que cuenta anualmente con un presupuesto más de diez veces superior al celeste. En el campo, pese a todo, no se vieron diferencias evidentes más allá de la falta de pegada.

Y por eso la sensación es más agria que nunca, porque del orgullo y las buenas palabras no se vive en esta clasificación que lo devora todo y ya encarama a los del Lucho al borde del precipicio. El foco dispuesto a las siete de la tarde de Reyes en el Santiago Bernabéu era el más grande de la temporada y por ello la imagen del equipo sale más reforzada que nunca. Las buenas palabras, teñidas de desconocimiento, se sucederán en los diarios de tirada nacional y en las televisiones devoradas por la influencia de los equipos gigantes.

Pero esa buena imagen, que se resume en una presión intensa y una solidaridad defensiva hasta ahora casi inédita, se diluye en las espesas escamas que forman la realidad. El Celta vuelve a desmoronarse tras encajar un gol y adolece, esta vez sí, una falta de puntería alarmante. Puede que tácticamente y a nivel de intensidad fuesen los de Luis Enrique mejores que los de Carlo Ancelotti. Principalmente porque estos blancos no asustan: su línea defensiva la forma la zaga y poco más. Los cuatro de arriba ni siquiera se molestan en sacrificarse y el técnico asturiano lo sabía. Por eso planteó un partido a la contra que dejó sólo a Charles hasta en dos ocasiones ante Diego López.

El brasileño falló y los sueños de conquista imposible se rompieron de forma cruel. Rafinha comandaba con la libertad bajo el brazo en el que sin duda fue su mejor partido como celeste. La defensa, bien apuntalada y atenta, no revistió errores de bulto como en otras ocasiones. Pero ya lo avisaba el propio Luis Enrique en rueda de prensa: contra un equipo de esta envergadura puedes hacer un partido de 10, pero a ellos les llega con uno de 7. Ni al notable llegaron en la tarde de ayer.

Entraron Jesé y Bale y el nerviosismo se apoderó del equipo olívico. Las internadas de ambos a pierna cambiada y la posición más centrada de un desaparecido Cristiano Ronaldo rompieron el embrujo de un Celta que ya no pudo. El resto es historia. La sensación es como un puñetazo inesperado. Cuando te quieres dar cuenta, tienes tres goles encima. Y estás en descenso. Por muy bonito que hayas jugado, por muy serio que haya sido tu partido, por muy maniatado que haya estado el Madrid en ciertas fases del partido.


Al final, lo que queda, es un espejismo y buenas palabras. Y de eso, en el fútbol, solamente vive el Barcelona. Porque lo acompaña con victorias.

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La Otra Crónica: sinsabores


Foto: Jorge Landín
El Celta termina el año como lo empezó: lleno de incertidumbres y peligrosos caminos que no parecen llevar a ningún lado. Pasaron tres entrenadores y una terna de jugadores de distinto pelaje que no pudieron o no supieron darle al equipo la ansiada estabilidad. Y así, sin rumbo, se salvó ayer un empate de forma casi milagrosa ante un peleón Osasuna que sin duda mereció mucho más. Hasta cinco ocasiones claras, más claras que el no-gol de Abreu con San Lorenzo o la mítica pifia de Turdó a puerta vacía; marró el equipo de Pamplona en la primera parte. Si a esas alturas cualquier hijo de vecino le hubiese dicho a Javi Gracia que su equipo se iría empatado al descanso lo lógico es que se inmolase a las afueras de Balaídos. No fue algo normal.

Y no lo fue porque los vigueses decidieron jugar sin defensa. Al menos en lo que a intenciones y alma se refiere. Volvía David Costas al once no se sabe muy bien por qué acompañando a un Andreu Fontás que no es el mismo desde que se lesionó. Jon Aurtenetxe, descubrimiento incomprensible de Marcelo Bielsa, se empeñó en no hacer tan infructuoso a Toni en el lateral izquierdo. Ni siquiera Jony, acostumbrados como nos tiene a una regularidad pasmosa, estuvo aplicado en la zaga. Oriol Riera pudo irse a casa con el balón pero fue Armenteros quien aprovechó la carretera nacional que Fontás y Costas decidieron dejar rumbo a los palos que defendía Yoel para anotar el primer tanto casi a los quince minutos de juego.

Ninguna sensación positiva habían dado los del Lucho hasta ese momento. Ni siquiera la vuelta de Fabián Orellana al once en lugar de un disminuido Nolito consiguió encender al resto del equipo. El chileno estuvo voluntarioso, pero el resto del equipo no se contagió de su electricidad. Parecía imposible, no ya por falta de ocasiones o por la verbena montada en el área celeste, que se igualase el marcador antes del descanso o incluso en la totalidad del encuentro. Pero el fútbol tiene una componente de suerte que nadie puede explicar. En un gilicórner, una de esas jugadas patentadas por el espíritu de la Massía, Rafinha pone un centro sin aparente peligro y Augusto molesta al defensa osasunista para que peine el balón y sorprenda a Andrés Fernández. Increíble pero cierto.

Quizá por eso a los visitantes les pesó la segunda parte. El Celta se puso a jugar y dominó, sin sensación real de que el resultado peligrase. Pero también con la certeza de que aunque se jugasen tres partidos seguidos se marcaría un gol en la grada homónima. La esterilidad habitual acentuada por la ausencia de Charles y la incomprensible prisa de Luis Enrique a la hora de efectuar los cambios. Prisa en lo que concierne a Orellana y Krohn-Dehli, con un partido aseado hasta entonces, pero no en la incursión de un Mario Bermejo que necesita de más minutos para desatar su oficio. Los momentos de la basura no le van bien al cántabro y no parece que el entrenador asturiano confíe demasiado en él.

Y así, sin sobresaltos, terminó el partido. Con la sensación de que ganar resulta muy complicado y perder demasiado sencillo. Lo normal hubiera sido engrosar el casillero de derrotas, pero el destino no quiso que fuese así. Ahora llega el temido mercado invernal y dos partidos en los que será muy complicado puntuar. El crédito se agota y los nervios pueden empezar a aparecer. La temporada que iba a ser la que asentase al equipo en la máxima categoría del fútbol español se está convirtiendo en un calco de la anterior. Incluso en una copia sin certificar, porque los números van a peor. Mucho que mejorar y poco margen para hacerlo. Un sinsabor que nos deja unas amargas navidades para reflexionar.

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La Otra Crónica: sin batalla


Foto: EFE
Si existiese un botón para hacer desaparecer la memoria, como en la maravillosa película de Michel Gondry ¡Olvídate de mí! (The Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004), estoy seguro de que el celtismo elegiría dejar en blanco la noche de ayer. Y es que a veces vivir en la ignorancia nos hace más felices que el saber. El Celta, pues, se presentaba en el partido de vuelta de Copa con la esperanza de competir. Pasar de ronda sería el regalo navideño (envenenado) que pocos querían pero no estaba tan lejos tras el buen resultado de la ida. A nadie le hubiese importado quedar eliminado. Pero como todo en esta vida, hay formas y formas de hacerlo.

Luis Enrique decidió mezclar suplentes y titulares con la única sorpresa de un Rubén Blanco que suplió en la portería al siempre eficiente Sergio. Un palo para el de Catoira, que salvo lesión/sanción no disfrutará de muchos más minutos esta temporada. Y flaco favor, visto lo visto, a un Rubén superado todavía por la juventud en algunas acciones. Suena a que la decisión llevaba tiempo tomada, pero no deja de ser cuestionable. El resto del once, en la tónica del Lucho: Toni volvía al lateral izquierdo, Vila debutaba como titular en la zaga y Krohn-Dehli se ocupaba del medio campo junto a la otra novedad, Levy Madinda.

Los dos últimos definen el partido: timorato y fuera de sitio el primero, enérgico y destacable el segundo. El danés, habiendo perdido la titularidad y teniendo el marrón de jugar en una posición que no es la suya, hace notar su desgana. Sorprendería mucho que aguantase una temporada más con el asturiano en el banquillo. El canterano, por su parte, fue el único jugador desequilibrante de los vigueses. Sus arrancadas metieron el miedo en el cuerpo a los de Bilbao, que solamente pudieron pararlo agarrándolo de la camiseta. Y además repartió juego con criterio (cuando pudo) y no escatimó energías en la presión. Sorprende su total carencia de minutos en este equipo vistos los desastres de la sala de máquinas fin de semana sí, fin de semana también.

El desastroso partido de un jugador fuera de sitio provocó inmediatamente que resaltasen los defectos del otro jugador a quien no le beneficiaba la posición. Toni, una vez más en el flanco izquierdo, fue una bendita solución para el pobre (y aún así suficiente) partido del equipo local. Susaeta, Muniain y compañía se cebaron en su banda teniendo como colofón el segundo gol al borde del descanso. Al coruñés le ganan el segundo palo teniendo toda la ventaja en una acción que evidencia sus carencias para defender, sea cual sea la posición que ocupe en el campo. Claro está que cuanto más atrás sea, más grave será el error.

El Celta ya no se recuperó. Puede que hubiese un conato de salida antes de ese gol, pero no fructificó ni se esperó. El balón se perdió definitivamente cuando Hugo Mallo, al principio de la segunda parte, fue expulsado por el otro Teixeira Vitienes. No sabemos cuál es el problema de Mallo con la familia Vitienes, pero lo cierto es que la entrada que le costó la segunda amarilla se podría haber ahorrado. Tras pérdida de balón, una vez más, de Michael Krohn-Dehli. Una concatenación de circunstancias que sin esfuerzo alguno puso en bandeja la goleada al Athletic Club. Partido soso, en definitiva, en el que los del Lucho no tiraron ni una vez a puerta. Una derrota en la que casi nadie dio el do de pecho y que escuece más de lo que hubiera debido. Quedar fuera de la Copa es una buena noticia a largo plazo, pero sin plantar batalla alguna hace que el celtismo se vaya francamente disgustado. Contra Osasuna toca reaccionar.

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La Otra Crónica: desorden


Foto: Jorge Landín
Venía el Celta espoleado como potro andaluz y al final se quedó simplemente con las ganas. Balaídos sigue resistiéndose y el respetable, cada vez más impaciente, no es capaz de entender el bloqueo que los pupilos de Luis Enrique sufren en su propio campo. Y no es que el partido de ayer fuese un desastre total, pero lo cierto es que este Celta en su propio campo es un manojo de nervios. Un quiero y no puedo que provoca más pronto que tarde un desorden que aprovechan unos rivales carentes de presión a domicilio. Y si encima juegan tan bien como un Rayo Vallecano que era sin duda un falso colista, pues no sorprende tanto una derrota que en el fondo nadie era capaz de contemplar.

Empezó bien el equipo vigués. Repitiendo alineación y con la inteligente propuesta de presión hacia la salida de balón de los de Paco Jémez. Trashorras, antaño héroe celeste y hoy visagra llena de ‘3 en 1’ para beneficio del equipo madrileño, no terminaba de asentarse ante las líneas adelantadas de un Celta que sí incomodaba con criterio en los primeros diez minutos. Así llegaron las primeras ocasiones marradas por Charles y Nolito. La pelota no quería entrar. Sin embargo no se descompuso el Rayo y el Celta sí. Por increíble que parezca.

Los minutos pasaban y cada vez la presión era menos coordinada, más inclinada hacia un desorden que no beneficiaba en nada a los del Lucho. Un caos cada vez más evidente en el que los de Vallecas se sentían muy cómodos. Controlaron el ritmo del partido, guardaron el balón y nunca renunciaron a la portería rival- Así llegó el primer gol, obra de Jonathan Viera tras un balance defensivo celeste que no se puede siquiera calificar como tal. El flanco más débil, aquel que ocupan un Nolito poco generoso en las ayudas y un Toni que no es lateral. No y no. Su partido de ayer es la gota que colma el vaso de la paciencia. Queda demostrado que sus fundamentos defensivos son inexistentes y que el margen de mejora no es tal. ¿La culpa? Repartida. El entrenador insiste y él no mejora. Los pitos, fuera de lugar.


A partir de ese gol la liosa era muy grande. No remonta este Celta. La ansiedad le puede, las ganas se convierten en un demonio que posee las piernas de los vigueses. Si Borja Oubiña tiene una mala tarde, el Celta tiende a no existir. Fallón en los pases, ausente en el corte. Trashorras en su salsa. Y las balas de nombre Iago Falqué, el goleador Viera y un abusón Lass por el flanco derecho, siempre bien servidos. No hubo opción.

El Celta se descompuso y apenas tiró a puerta. Algunas veces con peligro, pero nunca entre los tres palos. Nunca con jugadas claras ni con la sensación de poder romper la frágil defensa rayista. Entró el joven Embarba y evidenció todavía más los problemas de Toni con un centro que cabeceó Larrivey adelantándose a un disminuido David Costas. Del partido, antes y después, solamente se pueden rescatar para el Celta los nombres de un Fontás haciendo lo suyo y lo de Toni y de un Augusto que nunca se rinde. Sus galopadas mostraron el camino, pero la inoperancia de sus compañeros las hicieron totalmente fútiles. Se había empezado bien, pero la realidad golpeó demasiado pronto. Y ahora la moral ganada en Sevilla desaparece como un viejo sueño del pasado. La pesadilla de Balaídos no se resume ya al mal estado del viejo estadio. Es ya una obsesión que urge evitar cuanto antes.

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La Otra Crónica: desde la defensa con amor


Foto: Kiko Hurtado
Andalucía es celeste. O al menos de momento. Los mejores minutos de la temporada están llegando o bien en tierras andaluzas o contra rivales de la vieja Al-Ándalus. Sea casualidad o no, parece que el equipo comandado por un cada vez más coherente Luis Enrique Martínez comienza a respirar. Y lo hace, como no podía ser de otra forma, desde la defensa. Llegaba el Sevilla de ser goleado en la capital mostrando una fragilidad defensiva que lastra, y no poco, a los de Unai Emery. Y llegaba el Celta, por el contrario (y dejando de lado la ficticia realidad mostrada contra el Barcelona), mostrando mejorías cada vez más evidentes en la zaga.

Es el fútbol, como todo deporte, una concatenación de circunstancias. Y el partido de ayer, como aquel punto de inflexión lleno de goles que se dio en Málaga, es buena muestra de ello. La primera de esas circunstancias tiene nombre y apellido: Andreu Fontás. El central catalán se afianza y con él crece el equipo. En seguridad, en colocación, en salida de balón. Demuestra el ex del Barça y del Mallorca que la presencia de Oubiña a su lado era totalmente estéril. Se despliega el Celta a partir de su buen criterio con el balón. Incluso se atreve a galopar creando el desconcierto. Ya no duda al corte, ya no es timorato en el salto, ayuda cuando debe. Hasta el discutido Gustavo Cabral, desde siempre baluarte por alto, comienza a entonarse a su lado. Lo dicho: causa-efecto.

La nueva posición de Oubiña, haciendo más de Borja que nunca, es otro de esos aspectos que evidencian mejoría en el juego. Desde el mazazo levantino que el capitán vuelve a ser él mismo. Y el medio del campo celeste, en la noche de ayer, se comió a un desasistido M’Bia. Porque he aquí, y esto ya ocurrió en Málaga, la clave de este nuevo Celta. Viene de Argentina y se llama Augusto. Es curioso que el seleccionador de su país, Alejandro Sabella, prescinda ahora de él. Justo en su mejor momento desde el interior, posición que le beneficia en el sistema del Lucho por dos razones: su talento y su trabajo. Desde allí maneja al equipo gracias a su gran toque y también desde allí desgasta al medio campo rival robando y robando sin parar. Con él ahí el bueno de Álex López se desencadena: tres goles y sus mejores minutos de la temporada. No es casualidad.

No fue un partido que el Celta dominase del todo. Pero la primera parte tuvo mucho de asedio. Solamente creaban peligro los andaluces a la contra. Raro fue que los vigueses no se fuesen con clara ventaja. Ocasiones claras y penaltis de Beto no pitados de por medio, la sensación de superioridad no era plena pero sí que inclinaba la balanza. Los muchos celtistas que se citaron en el Pizjuán daban buena cuenta de ello. Esta vez se llevaron el premio a su incansable aliento.

Se lo llevaron no sin sufrimiento, porque es lo que tiene adelantarse en el minuto dos de la segunda parte. Álex López fue el más atento y Beto quiso devolver su cinismo con una buena acción. Regaló el balón y se comió el amago del ferrolano, cuya sangre fría nos heló a todos para explotar de calor segundos después cuando el balón tocó la red. Lo más difícil ya estaba hecho. Fue entonces cuando la defensa cumplió y cumplió. El Celta ofreció un partido serio, de esos que se le escapaban hace no mucho, y no dio opción al Sevilla. Solamente a balón parado pudieron hacer daño los de Emery en el único despiste de Cabral. Pero para eso está Yoel, timorato en las salidas pero inmenso en los reflejos. Su pie derecho amargó al anhelado Vitolo e hizo soñar a los olívicos.

Siempre revolotea la mosca detrás de la oreja en este tipo de partidos, pero ayer un poco menos. Cuando las cosas se hacen bien lo normal es ganar. Desde la seguridad defensiva llegó la victoria. Ya había pasado en Málaga. Delanteros de la talla de El Hamdaoui, Kevin Gameiro y Roque Santa Cruz lo atestiguan. Estrellas internacionales que se vieron minimizadas por el buen trabajo defensivo de un Celta que crece. Pólvora sobra. A pesar de que Rafinha no termine de dar su mejor versión o de que Nolito no tuviera su momento inspirado en la jornada de ayer. Pero ninguno de ellos rehusó el esfuerzo. Todos ayudaron en defensa con el afán de crecer en ataque. Ahora solamente queda seguir la línea contra el Rayo.

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La Otra Crónica: la realidad no es esta


Foto: Jorge Landín
La realidad del Celta no es la vivida ayer en Balaídos contra un equipo que jugando a medio gas te mete tres goles. Y te los mete, además, con muchas dosis de suerte y ayudas arbitrales reincidentes. La realidad del Celta es, sin duda alguna, las buenas fases de atrevimiento y buen juego atravesadas durante buena parte del encuentro. No merecía el equipo celeste un correctivo así de abultado y sí, por justicia poética, uno o dos goles en su casillero. Pero ya se sabe que fútbol es fútbol o como quieran llamarlo y, cuando la pelota no entra, se nos viene el mundo encima.

El FC Barcelona posee entre sus muchas virtudes una calidad en el pase al alcance de muy pocos. Eso es lo que te mata. Porque presionaron bien los pupilos del Lucho ayer, pero sin aparente esfuerzo conseguía sacar el balón de forma aseada el equipo dirigido por el Tata Martino. Y eso que no estaba Piqué ni jugaron Iniesta ni Xavi de inicio. El resultado de esto, en los primeros compases, fue el habitual dominio arrollador de los azulgrana. A destacar un eléctrico Pedrito, de lejos el más enchufado ayer por parte del rival. Ese dominio se tradujo en timoratas salidas del Celta convirtiéndose una de ellas en un error garrafal de Gustavo Cabral que propició el 0-1 de Alexis.

El resto no se corresponde con el final. El Celta se quitó los complejos, como si ese gol activase un botón escondido entre telarañas, y se encomendó al ataque y al dominio. Comandados por un Álex López espectacular, los vigueses encararon la portería y hasta en tres ocasiones el balón pudo haberse colado en la portería de un segurísimo Víctor Valdés. Y de hecho así fue: en una jugada embarullada, el joven Bartra empuja a Charles colisionando éste con la salida del guardameta catalán. El balón queda suelto y en semifallo fue Nolito quien introdujo la pelota entre los tres palos. Si algo fuese punible en la jugada sería un clamoroso penalti. Fernández Borbalán, quien ya la liara en el Camp Nou hace un año, pitó falta y a seguir.

No fue lo único que decidió comerse el colegiado. El temido doble rasero tuvo lugar en cada jugada dudosa. Mientras el Celta veía tarjetas ahora sí, ahora también; el Barcelona se prestaba al diálogo. Las manos eran manos en ciertas parcelas del campo y en otras no. Pero ya estamos acostumbrados. Llueve sobre mojado y poco importa que un malencarado Cesc Fábregas la tome con el respetable. No es descabellado imaginar que si hubiese ocurrido al revés el correctivo sería de órdago.

Polémicas a parte, no jugó el Celta un partido perfecto aunque sí loable. No se rindió nunca a pesar del resultado. Nunca dejó de encarar la portería rival llegando incluso a rozar el gol en un espectacular lanzamiento de falta de un Nolito voluntarioso pero fallón. Desafortunados estuvieron Rafinha, que no acaba de explotar, y un estéril Toni que suplió al lesionado Jon Aurtenetxe. Charles, mago de lo oscuro una vez más. Augusto condicionado por una tarjeta amarilla que no vio un Sergio Busquets que no dudó en rascar tobillo y tirarse a la mínima. En defensa poco se pudo hacer. Este Messi no parece el Messi de antaño, pero el pánico lo siembre igual. En Barcelona corren como balas y la suerte, además, está siempre de su lado.

Toca seguir. Ahora empieza la Liga del Celta. La realidad verdadera que nos situará donde tenemos que estar. Ya sea en el sufrimiento o en la tranquilidad. Esperemos que este descaro, desafortunadamente inútil en la tarde de ayer, no desaparezca en Sevilla por inclementes que sean las circunstancias. Es un partido que se puede ganar. Y de hecho hay que ganarlo. No desesperemos. La nueva posición de Oubiña, haciendo de sí mismo por fin, invita a un optimismo que libera al equipo ofensivamente y mejor a cada jugador en su puesto natural. Es a lo que hay que aferrarse. A eso y a que la pelota entre. Que ya va tocando de forma regular.

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La Otra Crónica: bálsamo


Foto: Pepe Ortega
Se borraron de un manotazo (literal) todos los males de un Celta muy necesitado en la tarde de ayer. Desaparecieron los viejos fantasmas y se erigieron nuevos héroes. Luis Enrique dio con la tecla y hundió a un Bernardo Schuster que recibe ahora la patata caliente que antes estaba en las manos del asturiano. El equipo vigués desplegó por fin todo el fútbol que lleva dentro y los goles llegaron como un relámpago destructor a la ciudad andaluza. No se podía pedir más.

Surgió la proeza desde la coherencia. El Lucho aplicó la lógica en la alineación dejando de lado los experimentos pasados y fallidos. Cabral y Aurtenetxe suplieron a Cosas y Toni en la zaga ofreciendo una solvencia defensiva que se echaba mucho de menos. En la medular formaron Borja Oubiña, Augusto Fernández y Álex López. Pero el primero por fin, tras la evolución en la tragedia con el Levante, por fin liberado y lejos de los centrales. Esto provocó una reacción en cadena que ya se venía echando en falta: Álex López liberado de toda función combinativa rompió a jugar cerca del área siendo Fernández el que más ayudó en defensa. Una media, por lo tanto, rocosa y hábil. Poderosa y talentosa.

Así, el trío atacante encaró más la portería que nunca. Nolito, Charles y Santi Mina se sintieron más arropados y se movieron con agilidad volviendo loca a la defensa del técnico alemán. Quizá fue el juvenil el más apagado, pero no se le puede negar trabajo e insistencia. Manuel Agudo Durán, por su parte, explotó a jugar. Incisivo, regateador, mortal de necesidad. Tiene que jugar lo máximo posible aunque a veces desespere. Su gol en la tarde de ayer lo ratifica como diferente. El punto de calidad que necesita el Celta. Charles fue el otro fútbol. Recibió golpes de todos los estilos y colores del joven aprendiz Chen y su maestro de lo vil, el infame Weligton. No desesperó. Sirvió a sus compañeros de buenas opciones y fue recompensado con el quinto gol tras asistencia de David Rodríguez en la segunda parte.

El partido era propicio y por eso el banquillo funcionó, pero no deja de ser buena noticia que los tres cambios hayan producido cosas positivas. Fabián Orellana, defenestrado por su infantil error el lunes pasado, ofreció su versión más participativa moviendo el balón sin descanso en la media. Esa es la actitud. Madinda sigue llamando con ofrecimiento y buenos pases a la puerta de la titularidad. Recuerda por momentos a una joven e inexperta versión del glorioso Makelele. David Rodríguez la tuvo y la falló. Pero no deja de ser buena noticia que la haya tenido y haya participado: el golito llegará en partidos así. Y su asistencia incide en su virtud menos comentada, aquella que nos dio tantos puntos en segunda: es un jugador tremendamente generoso.

Más plácida de lo esperado fue la sobremesa del sábado. El Celta se jugaba la vida y respondió. Álex López comandó y Augusto trabajó. La lógica se impuso y ya era de que la pelota entrase. Aurtenetxe muy serio en defensa, tímido en ataque. Pero todos sabemos que los equipos se construyen desde la confianza defensiva y el vasco aportó lo que el equipo necesitaba en una tarde tan difícil. Y para todo lo demás, Andreu Fontás. El catalán sigue trabajando y creciendo más y más, acallando a los más escépticos con buen fútbol. Hacía falta paciencia con él y los frutos van llegando. Cada vez más contundente al corte, inexpugnable por arriba, brillante sacando el balón. No necesitaba el ex del Barcelona la ayuda del mediocentro para partir con la pelota jugada. Se defiende bien solito y su atrevimiento despeja el panorama. Oubiña, liberado. Y el Celta, desatado.


Viene ahora un partido para disfrutar y quién sabe si para sacar algo positivo. El Tourmalet se avecina, pero el Celta solamente puede crecer. Con los pies en el suelo, pero con la seguridad de que rompiendo a jugar con los jugadores bien alineados no existen muchos rivales que le hagan sombra. Esto va a ser difícil, largo y muy aciago. Pero lo acaecido ayer en Málaga es el punto de inflexión. Faltaba el gol y éste llegó como una explosión de colores. Ahora hay que seguir y seguir.

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La Otra Crónica: Aguacero


Foto: Jorge Landín
El cielo se confabuló en contra del Celta y, como si de una cruel metáfora se tratase, diluvió sin fin hasta que el equipo olívico se ahogó en la orilla de una costa escarpada. La situación comienza a ser límite y las soluciones cada vez menos plausibles: el propio Luis Enrique, aquel que desató la euforia hace no mucho, insinúa con hacerse a un lado en rueda de prensa. Y aunque el análisis frío es lo mejor, la empinada cuesta arriba que se avecina calienta demasiado la situación y los nubarrones son cada vez más evidentes.

Y eso que el Celta dominó y dominó. Aplastó con su juego de toque a un Levante timorato, calmo, sabedor de su falta de fútbol. Pero en el deporte rey, y eso lo sabe bien Joaquín Caparrós, los goles cuentan igual y los puntos valen lo mismo juegues a lo que juegues. El andaluz esperó la suya y esta llegó cuando más gusta: al borde del descuento y sin capacidad de reacción. Dos tiros le bastaron para destruir la sensación de superioridad de los celestes: una superioridad vana, fútil, estéril.

Porque sí, los vigueses fueron mejores en todas las facetas del juego. En todas menos en la más importante: la capacidad de competir cuando hay que hacerlo. Fabián Orellana, descarte del Lucho hace no demasiado, cometió una falta de lo más infantil en el sitio y el momento que no debía. El viejo conocido Juanfran se empeñó en desaprovecharla, pero allí estaba Pape Diop para hacer relucir la falta de intensidad defensiva en el rechace. Mala suerte, crueldad, injusticia. Todo lo contrario de lo que deja entrever la fea racha que atraviesa el equipo: un gol en cinco partidos, cuatro derrotas consecutivas. No es casualidad ni mal fario. Algo se está haciendo mal.

Antes la tuvieron Charles, Santi Mina, el propio Orellana. Nolito incisivo hasta que el misterioso cambio del míster, ya fuera por decisión técnica o por petición del jugador, lo privó de seguir haciendo daño por el flanco izquierdo. Por allí continuaba Toni, centrando a la desesperada con el mismo acierto de siempre: aquel que nos hace dudar de si termina o no de funcionar como solución al lateral. Rafinha volvía al medio del campo y allí sí se le vio. Incisivo, voluntarioso, siempre ofreciéndose y buscando el arranque desde atrás. Su empuje no se vio recompensado por un terreno de juego que aguantó lo que pudo ante el temporal. Ayudó también la descongestión de un Borja Oubiña más liberado y presente. De poco sirvió.

Apagón mediante, discoteca improvisada con ola incluida por parte del respetable, pareciera que la frialdad se apoderase de un Celta cada vez más disminuido. Fue entonces cuando Caparrós olió la sangre. Secado Diawara por el buen partido (este sí) del tándem Costas/Fontás, introdujo al veterano David Barral para salir a la contra. A estas alturas de la tragedia de sobra es conocido el resultado. Dos lances necesitó el delantero para crear peligro y el final feliz para los valencianos tuvo lugar en el segundo. Y el Celta, desesperado. Lo que antes había sido dominio se convirtió en precipitación.

En esos últimos minutos de desconcierto reluce especialmente la falta de plan B. La ausencia de planificación, la decepción de un míster que no tiene lo que quería y se cierra en banda con sus ideas. Quizá viniese bien un cambio de sistema, otra alternativa, un juego más directo para tardes como las de ayer. Pero, ¿tiene el Celta los jugadores suficientes para cambiar? ¿Ofrece garantías una plantilla desequilibrada y carente de banquillo? Por segundo año consecutivo surgen las dudas al respecto. La lluvia, torrencial esta vez, asola las bonitas intenciones de un equipo ya muy previsible. Toca encomendarse a la garra.

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La Otra Crónica: el muerto viviente


Foto: Chema Rey
Pareció ser el Celta en el mediodía de ayer un muerto sin lugar donde caerse. Un cadáver sin alma, a la deriva del paraje madrileño en el que un Atlético de Madrid de récord quiso dejar bien clara su hambre y su olfato. Sin embargo ese muerto quería resucitar, como si en una vieja película de George A. Romero se encontrase pero sin el blanco y negro y sin vísceras de por medio. La lástima: resucitó tarde y la fiesta casi se había acabado saliendo vivo, por los pelos, un Atlético que sin duda mereció ganar por su brillante primer tiempo.

Cabe preguntarse, una vez más, si esa fase de buen juego fue un espejismo. Si esa ráfaga de los últimos 20 minutos es la cara verdadera de este Celta o si el equipo del Cholo Simeone, mucho más de moda que cuando jugaba, se había relajado antes de lo debido. La verdad tendrá que ser contada en el siguiente partido y ante un rival al que sí que habrá que medirse de forma verdadera: un Levante que a punto estuvo de pintarle la cara al otro gran equipo de la capital.

Se abonaba el Lucho una vez más al caos. Y así transcurrió una primera parte en la que el equipo vigués entregaba las armas sin apenas amenaza: Augusto y Rafinha a pie cambiado anulándose mutuamente y el ataque celeste brillando por su ausencia. David Costas demostrando que su empequeñecimiento es proporcional en cantidades cósmicas a la cabezonería táctica del míster y el Atleti, como pez en el agua. Si algo le viene bien a ese super-equipo que se ha montado Simeone es la falta de intensidad del contrario. Por lo tanto, agua bendita. La presión asfixiante de unos rojiblancos que tanto les da la final de la Supercopa que la disputa del difunto trofeo Ciudad de Vigo. A por todas y se acabó.

Lo contrario ofrecieron los olívicos, empeñados en mostrar sus defectos dando la sensación incluso de sacar pecho. Un equipo partido, sin salida de balón merced a la asfixiante presión rival, descoordinado en la zaga y carente del control del balón. El resultado ya se repite: el mejor, Yoel. Esta vez hasta con doble parada en un claro penalti del juvenil Costas. Eso sí: timorato, como siempre, en las salidas a balón parado. Milagroso fue que el Atlético, con más de diez tiros a puerta por cero del Celta, no se fuese con un saco de goles al descanso.

Diego Costa, a lo suyo. Doblete y a seguir, pesadilla constante para las zagas de la Liga. Sus malas artes ya las conocíamos los que lo vimos en Balaídos en aquella olvidable temporada inciada por Stoichkov. Por aquel entonces lo expulsaban, ahora sale en la tele y le reímos las gracias. Y entre tanto torbellino colchonero dio Luis Enrique con la tecla. La resaca europea le abrió la puerta. Entraron Nolito, Santi Mina y Madinda convirtiéndose en lo más potable en el campo en los 90 minutos. Uno por su super-clase cambiando el partido, otro por su ímpetu e inteligencia y el tercero en discordia por sus ganas de agradar.

No se entiende, a estas alturas y con la insuficiencia ofensiva demostrada en las últimas jornadas, que el andaluz se pase 60 minutos sentado en el banco de suplentes. Puede tener un día más o menos acertado, pero su talento es de los que ganan partidos. Y si además lo que tiene delante es Augusto a pierna cambiada, apaga y vámonos. Rafinha, desaparecido hasta entonces, se entonó con el cambio de posición. El equipo se apoyó en los cambios y resucitó hasta el punto de lanzarse a mordiscos a por un Atlético protegiéndose panza arriba. El holocausto se les avecinaba y las ocasiones eran cada vez más claras. Golazo de Nolito con picadita genial, incursiones por banda con los laterales por fin incisivos y un lanzamiento de falta que hizo lucirse al gigante Courtois.

Y ya era tarde. La película se había acabado y nuestro viejo zombie no tuvo tiempo de llevarse nada a la boca. El Celta no mereció ganar, ni siquiera empatar, pero esos últimos minutos de supervivencia arrojan un rayo de esperanza que se antoja vital para la confianza. No era este equipo en racha el mejor para medirse en tal delicado momento, bien es cierto, pero cabe preguntarse si el Levante lo será. A priori es un buen partido para resucitar: rival que espera atrás y entrega el balón prescindiendo de presión intensa. El futuro de esta secuela es incierto y más todavía si Luis Enrique no acierta a cosechar su once de los mejores y en sus posiciones naturales. Ya sabemos que lo del star-system no es lo suyo, pero quizá vaya siendo hora.


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La Otra Crónica: un cuento mil veces contado


El Celta del pasado curso se dio cita en el Coliseum Alfonso Pérez la pasada noche. Luis Enrique sorprendió una vez más a propios y extraños con una alineación que tenía mucho de improvisada y poco de fiable. Bellvís, que lamentablemente tuvo que retirarse lesionado al cuarto de hora, se situaba en el lateral derecho supliendo a un Hugo Mallo que descansaba en Vigo. Era la punta del iceberg: Madinda y Krohn-Dehli sustituían a Álex López y a Rafinha, pasando este último a una banda derecha que no termina de convenirle del todo. David Rodríguez daba descanso a Charles y Aurtenetxe y Cabral sustituían a Toni y Fontás. Un galimatías que ni daba continuidad ni era coherente con la idea del equipo.

Y así, un partido que era la nada absoluta. El frío ambiente de Getafe y la falta de fútbol de ambos equipos presagiaban un cerocerismo sin ningún atractivo futbolístico. Pero el Celta, empeñado en engrandecer a sus rivales, regalaba ocasiones gracias a una defensa llena de dudas. David Costas no termina de arrancar tras su ilusionante debut y Gustavo Cabral es un mal compañero de negocios. Está claro que no se entienden y prueba de ello es el continuo cambio de posición que efectuaron durante todo el partido. Dudas y más dudas que provocaban malos despejes, pases marrados e incertidumbre. Tampoco Aurtenetxe parece ser un lateral de garantías en ningún aspecto del juego.

Malas noticias que se materializaron en un viejo enemigo: el balón parado. Más de diez córners a favor para el equipo madrileño y una sensación de fragilidad evidente. Ni Yoel se hace grande en las salidas ni el juego aéreo parece ser fuerte de la zaga. Dos goles sin esfuerzo, con culpabilidades repartidas, le dieron al Getafe una recompensa que ni siquiera había buscado con insistencia.

Parecieron los primeros compases dominados por los del Lucho. Mero espejismo. Apenas un par de acercamientos siendo el más peligroso el de un Rafinha que se resbaló en el área pequeña cuando apuntaba al marco defendido por Moyá. Balones largos, insistencia en el pase corto y ninguna profundidad. Esta inoperancia provocó en los celestes (ayer de rojo en una equitación que comienza a ser maldita) desesperación y apatía. Pocos movimientos y ninguna ayuda a la salida del balón. Igual que en Villarreal pero sin la misma suerte. Levy Madinda, titular por primera vez, pareció ser el único con ganas de sacar el balón.


Lejos quedan ya las ilusiones de los primeros compases. Esa chispa parece haber desaparecido y los viejos fantasmas se hacen cada vez más presentes. Si nos hubieran dicho que la versión más timorata de Paco Herrera el curso pasado como visitante se encontraba en el banquillo céltico, lo hubiéramos creído. Pero no. Era Luis Enrique. Sin capacidad de reacción, sin coherencia en su propuesta, con precauciones excesivas. Al Getafe se le podía haber ganado, pero el Celta guardó la ropa. Y ahora, con el viento del norte de frente por primera vez, el Celta ha de ganar sí o sí contra un Elche muy intenso. Que no engañe su casillero: será rival difícil y ya no valen experimentos. Han de jugar los mejores, sean quienes sean.
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La Otra Crónica: maniatados


Foto: Marta Grande
El Celta de Luis Enrique se encontró este primer domingo de otoño con el Villarreal de Marcelino, equipo llamado a luchar por Europa bajo la máscara de recién ascendido. Y el botín fue valioso, porque si un equipo ha sido superior en lo que va de temporada a los celestes, ese ha sido el de los amarillos.

La reminiscencia otoñal no fue más que un espejismo merced al sol abrasador de las cinco de la tarde. La treintena de grados tuvieron que soportar los jugadores de ambos equipos y eso se notó. Amagó el partido con la ida y vuelta en la primera parte, pero el combustible se fue secando poco a poco y el ritmo plomizo, acompañado del dominio de los castellonenses, se impuso hasta el final.

Sorprendía el Lucho, una vez más, con el once. A la previsible vuelta de Fontás al medio del campo tras el regreso de Aurtenetxe a la zaga se unió la participación de Santi Mina por banda izquierda. Cantera y más cantera. Sin embargo el joven goleador celeste no funcionó en esa posición volcándose el partido continuamente al flanco de un Augusto que comenzó en el medio. No se entendió muy bien el experimento del asturiano en esa zona del campo: media hora le dio a Rafinha en la derecha y a Augusto de interior, media hora que fue monopolizada por el “submarino amarillo” gracias a la superioridad en la sala de máquinas.

Costas y Aurtenetxe se veían desbordados a la espalda por dos balas menudas pero incisivas: Jonathan Pereira y Giovanni Dos Santos olían la sangre pero no terminaban de morder. Un calvario vivía una zaga celeste descoordinado en los movimientos haciendo cada vez más patente que quizá sea el sistema lo que falle y no las individualidades. Tan sólo un inspirado Yoel (que suma además el buen criterio con el pie a su repertorio “milagroso”) consiguió salvar los muebles en lo que parecía una victoria segura para los de Villarreal.

No fue así, en parte, porque el Celta se puso más brusco que nunca. Las faltas y las tarjetas lo atestiguan: ya que por calidad y velocidad era imposible dominar, no ha de temblar el pulso en cortar el juego. El equipo vigués de antaño hubiera perdido sí o sí este partido con facilidad, pero parece que algo está cambiando a nivel de agresividad. Ayudó también el soberbio partido de Fontás, mucho más acertado y cómodo en el pivote que en el eje de la defensa. La duda entre él y el capitán Borja Oubiña, hoy en el banco por primera vez en mucho tiempo, es ya una realidad y parece que el catalán tiene cierta ventaja. Bien en la distribución, inteligente en la brega, genial a nivel posicional. Gran partido el suyo convirtiéndose en lo más destacado junto al guardameta Yoel.

En ataque, inoperancia. Sin balón este Celta es mucho menos y ayer no se tuvo ni para salir a la contra. Ya fuese por lentitud, ya fuese por rapidez de la defensa rival; el Celta no supo desplegar sus armas y llegó al área contraria con menos jugadores que nunca. Charles aislado y sin ayudas, secuestrado de espaldas y desquiciado, poco pudo hacer y regaló su primer partido realmente gris de la campaña. Nolito entró como revulsivo, pero no parece ser ese su papel. Sí estuvo más activo Orellana en el poco tiempo del que dispuso, pero ya era tarde y el empate no era mal negocio. Mucho que mejorar y poco que rascar más allá del punto. El Celta estuvo maniatado por la hiperactividad de un gran Villarreal y es por eso que el punto sabe a mucho. Seguro que a final de temporada habrá que acordarse de él.

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La Otra Crónica: descontrol


EFE
Desató pasiones la inauguración del precioso nuevo San Mamés y el Celta quiso apuntarse a todas las fiestas pero sin final feliz para sus intereses. Tras una sentida inauguración y con el público bilbaíno radiante de felicidad, comenzó un partido que no haría feos al espectador neutral. Descontrol y más descontrol con goles y ocasiones continuadas en una noche que hacía justicia a los 100 años anteriores en el viejo estadio del Athletic.

Fue Charles, sin embargo, el primero en aguar la fiesta. El delantero brasileño se zafó una vez más entre los centrales cuajando un soberbio partido solamente emborronado por su fallo en el penalti que cometería un nervioso Iago Herrerín sobre Nolito. Quién sabe si el destino celeste hubiera sido otro si el punta hubiese acertado en la pena máxima. El Athletic, antes de tanto desconcierto, se había dispuesto a cortar la yugular celtista desde el primer minuto. Dominio y más dominio con unos espectaculares Beñat y Ander Herrera que servían continuamente a los flancos para que Muniain y Susaeta dejasen a las claras los problemas del equipo vigués.

Una vez más se sufrió en la zaga pero no sólo en la previsible inexperiencia defensiva de Toni, sino también por la banda de un Hugo Mallo menos concentrado de lo que acostumbra. Por sus fallos y los de un expeditivo pero todavía juvenil David Costas vino la sentencia de un Athletic que obtenía más premio del que se intuía en el segundo tiempo. Antes se había encargado de igualar el gol de Charles (a servicio de un espectacular Rafinha, todo pundonor y buenas intenciones) un San José que precisamente había marrado para el 0-1. Desajuste a balón parado y mala fortuna en el rebote dejaron vendido a un Yoel que poco pudo hacer para evitar los tantos rojiblancos.

Se descomponía el Celta desde el medio del campo con unos Oubiña y Álex López desaparecidos en combate que no sabían o no podían controlar el juego como le gusta a Luis Enrique. Hubo por contra buenas fases de juego celestes con un veloz Nolito encarando y haciendo daño a la contra ayudado de un zig-zagueador Augusto que nunca, como siempre, dejó para mañana el esfuerzo. Así, se sucedían las llegadas del equipo vasco pero se desperezaban los célticos con ocasiones mucho más claras. El partido atravesaba tales correrías que lo raro era no ver más goles y fue en esa locura en la que el equipo local se encontró más cómodo. Parecía que el que menos fallase se llevaría el gato al agua y el Celta falló y mucho. Costas y Mallo se quedaron enganchados al fuera de juego y un Beñat sobrado de talento ponía un engañoso 3-1.

Fue entonces cuando el Celta se desfondó y entró en una fase depresiva propia de un domingo de resaca. Todo era negro y la cabeza escocía como nunca. Esta vez no salía cara como en Sevilla. La luz la aportó el joven Santi Mina, paladín de la esperanza que en colaboración con Herrerín anotó un 3-2 que sabe mucho más dulce de lo que sabe el resultado. Se elevó el joven gallo con más fe que nadie e inscribió su nombre en la historia del nuevo San Mamés y en la del Celta. Lo celebró con emoción y no era para menos: si una noticia es positiva de este partido es que un crío de 17 años despunta y tiene oportunidades para demostrar lo que vale.

Y así acabó el partido porque ya fue tarde. La noche se cerraba definitivamente sobre el cielo de Bilbao y el Celta no pudo responder al control de perro viejo de un Atlhetic que se las sabe todas. Ya había dado entrada el Txingurri Valverde a Mikel Rico para controlar el balón y el Lucho, al mirar el banquillo, no tuvo otro remedio que indultar a Orellana. No hubo revulsivo y la cosa se quedó como estaba. El Celta propone y agrada, pero su lastre defensivo comienza a dar más disgustos que alegrías y urge una seguridad que sin duda se verá refrendada con unos goles de los que parece que va sobrado. Comienza ahora la Liga de verdad, esa que enfrenta a esta corta plantilla a sus rivales directos, más rácanos y pobres que un Athletic que por buen seguro luchará por Europa. Y contra ellos ha de desaparecer tal descontrol.

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La Otra Crónica: Huracán


Foto: Xoan Carlos Gil 
Cantaba Bob Dylan al respecto del boxeador Rubin “Huracán” Carter que fue “metido en prisión cuando una vez pudo haber sido el campeón del mundo”. Al Celta de Luis Enrique no lo van a meter en prisión, pero parece estar pagando en casa unos crímenes que no ha cometido. Y la palabra “huracán” no podría ser más elocuente para definir lo que el equipo vigués desató en la calurosa tarde de sábado que vivimos ayer.

Los primeros 45 minutos se erigieron como lo mejor del Celta en los últimos tiempos. Impecable en todo, el equipo del lucho ocupó espacios por doquier creando una superioridad abrumadora en las partes clave del campo: el medio y el frente atacante. Llegaba el equipo celeste al menos con cinco hombres al área contraria gracias a la posición clave de Rafinha y Álex López, inteligentes en la presión y escoltando en la brega a un Fontás que parece discutir muy seriamente al ausente capitán Borja Oubiña. Gran partido el del catalán, cuestionado como central y demostrando que su clase y saber estar como único pivote le hacen mucho bien al conjunto. Incluso se atrevió a incorporarse con asiduidad a la ofensiva merced a varias arrancadas que recordaron a un joven alemán de nombre Franz Beckenbauer.

El Granada, maniatado. Desarbolado en el centro, encerrado atrás y ansiando una contra para que sus Rikis y Pitis pudieran correr al espacio. Esto no sucedió prácticamente hasta que un extraño lucas Alcaraz introdujo en la segunda parte al mejor jugador de su equipo: un Buonanotte que cambió el curso de un encuentro que pudo ser una goleada olívica. No fue así porque la inspiración de Roberto por un lado y la falta de chispa de Nolito y Charles por el otro consiguieron que el Celta se fuese al descanso con un gol que sabía a poco.

El terremoto Rafinha abría la lata volviendo al pasado del gran Celta de fin de siglo. Todo el respetable ansiaba su golito como agua de mayo y éste llegó tras asedio de banda a banda con un centro final de Augusto que se envenenó y dejó franca la portería para que el mediano de los Alcántara fusilase con su zurda. Balaídos estalló y el buen fútbol desplegado hacía pensar en más goles. El mejor Álex López desde que Paco Herrera le diese la confianza en Segunda hace tres años llevó en volandas al equipo. Cambios de juego imposibles, arrancadas con el balón pegadito al pie, disparos lejanos y certeros e incorporaciones constantes sin descuidar la presión y la brega. Partizado del ferrolano a quien Luis Enrique ha encontrado definitivamente el sitio que más le beneficia: ni en la mediapunta ni en el mediocentro. Ya se sabe que en la mezcla está la virtud.

Grandes noticias, a mayores del juego, fueron los debuts en casa de David Costas y Jon Aurtenetxe como titulares. Dicha pareja de centrales, llena de juventud y osadía en la contundencia, hizo que no se echasen de menos ni a los Túñez, ni a los Cabral, ni a los Fontás. Si el atrevimiento del asturiano sigue adelante, dudo que sean muchos los que discutan la titularidad de esta pareja. El odiado Riki se desesperó ante la picardía de estos dos chavales tan rápidos como inteligentes y la mejor noticia fue que la defensa no hizo aguas por fin. Su culpa tendrán los chavales.

Y del único error de un partido casi perfecto, como aquel crimen que narraba Alfred Hitchcock una y otra vez, encontró un dinamitador equipo andaluz su petróleo particular. Lentitud en la vasculación tras movimientos rápidos arriba del Granada y un fallo en el marcaje de un Toni que por otra parte estuvo bastante correcto. Su despiste al segundo palo propició el empalme cruzado de Piti ante la desesperada mirada de un Yoel que no consigue mantener la puerta a cero. Si tirásemos de tópicos hablaríamos de jarro de agua fría, pero el infernal calor de finales de verano no nos permite la licencia. Mazazo o como quieran llamarlo, el Celta quiso volcarse pero ya no pudo. La falta de soluciones ofensivas en el banquillo hizo que los cansados delanteros celestes exprimieran hasta la última gota de su esfuerzo. Un Nolito desesperado y desesperante que regaló grandes controles con marrado final en sus regates. Un Charles generoso como siempre pero desfondado en los últimos minutos. Y la afición que aplaudía tratando de olvidar el sabor a limón que había dejado el partido. El huracán amainaba hasta la próxima ocasión.

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La otra crónica: todo es distinto


Foto: Marta Grande
Llegaba el Celta a la nueva temporada bajo un calor que todavía va en aumento como si el termómetro siguiese las pulsiones del “ilusómetro” que marca la afición. Un Balaídos abarrotado en la primera jornada como casi nunca se recuerda y un mosaico precioso que fue acompañado por el himno a capella más espectacular que se recuerde desde las gradas. Hablar de pelos de punta se quedaría corto para definir unos prolegómenos de la temporada más prometedora en nuestra historia reciente.

Y el partido, sin embargo, comenzó tibio para los celestes llevando la contraria al calor ambiental. Un Espanyol tan bien plantado como suelen estarlo los equipos de un eterno perro viejo: Javier Aguirre. El mexicano araña puntos como gato panza arriba sin necesidad de desplegar un juego vistoso o espectacular, ya que sabe jugar bien sus cartas y así consiguió desbaratar una historia que parecía demasiado bonita para ser verdad. Porque el Celta tardó en hacerse con el partido, pero cuando lo hizo ya nunca lo soltó. No se sucedían las ocasiones minuto a minuto, pero la sensación de peligro tanto a la contra como en estático era constante.

Un Charles soberbio, estilete referencia como hacía lustros que no veíamos en Vigo, se encargó de servir de espaldas a sus compañeros mientras se fajaba con un Colotto claramente pasado de forma (y de peso). Un Lubo Penev brasileño que hizo ayer del primer toque un arte tan vistoso como útil. Solamente le faltaba rubricar su impresionante actuación con un gol que llegaría nada más reanudarse el partido tras un descanso que arrancaba los aplausos del respetable merced al golazo de un Álex López más eléctrico que nunca.

Servido por un Michael Krohn-Dehli al que el trivote le sienta de maravilla, el ferrolano se giró como una exhalación y cruzó el balón raso e inalcanzable para Kiko Casilla. Se hacía justicia al borde del entretiempo y el Celta crecía en su juego a pasos agigantados. Muchos detalles son los que permiten adivinar el ya notable sello de Luis Enrique: un Borja Oubiña más comedido en calidad de líbero insertándose entre los centrales y sacando el balón con naturalidad, dos interiores que crean una superioridad necesaria en medio campo y dos bandas bien abiertas y presentes en el juego. Un 4-3-3 con sus variantes pero que asegura buen juego, velocidad y contundencia. Porque si algo parece haber cambiado es la agresividad en un Celta que no duda en cortar el juego cuando es necesario y que rasca el tobillo como hacía tiempo no hacía. La fama de equipo blando ha de desaparecer y ayer se dieron los primeros síntomas.

Pero como decía el mítico Joe E. Brown en el no menos mítico final de Con faldas y a lo loco (Some Like it Hot, Billy Wilder, 1959): “Nadie es perfecto”. Y el Celta está lejos de serlo sobre todo defensivamente hablando. Huelga decir que Toni, recién reconvertido a lateral izquierdo, todavía crea ciertas dudas tácticas y defensivas a pesar de que cumplió sobradamente en ataque. La defensa parece seguir siendo el talón de Aquiles de un equipo más agresivo pero igualmente descompensado en la zaga. La intensidad de Cabral y la elegancia de Fontás parecen no cuajar del todo al tirar el fuera de juego y de ahí que Aguirre, cual conquistador milenario, se diese cuenta y moviese ficha como gran estratega: Thievy, como hiciera Cedrick un día antes contra el todopoderoso Real Madrid, irrumpió con su explosiva velocidad y se coló hasta en dos ocasiones entre los defensas para terminar poniendo un empate que dejó las grandes sensaciones con un agridulce sabor de boca.

Ha de primar, por el contrario, el positivismo. El Celta de Lucho carbura bien y para colmo tiene un as en la manga que ayer solamente comenzó a asomar la cabeza: un Rafinha que, emulando las noches europeas de su padre, se vistió sin embargo de una mezcla de Mostovoi y Gustavo López mostrando visión de juego, calidad y un slalom que si llega a terminar en gol haría olvidar probablemente todos los defectos del equipo. Llegarán, seguro, los momentos en los que la afición celebre sus goles y la calidad de un Nolito que ayer estuvo algo sombrío. Hacen falta refuerzos, no cabe duda, pero el futuro es esperanzador ya a corto plazo.

Al volver a casa, en mi coche comenzó a sonar “It makes no difference” de los eternos The Band. La canción me decía que no hay apenas diferencia al pasar los años y que las cosas siguen igual. Pensando en lo vivido en Balaídos instantes antes, la diferencia era abismal. Nueva temporada, un punto en el casillero, espectáculo futbolístico y mucha calidad en las botas de nuestros jugadores. Este equipo va a crecer y es capaz, ya hoy por hoy, de competir con cualquiera de nuestros rivales directos. El tiempo me dará o me quitará la razón, pero todo me resulta diferente cuando echo la mirada al césped. Hasta el viejo estadio luce más nuevo que nunca.

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Notas 2012-13: [18] Chu-Young Park: decepción se escribe en coreano


ÓSCAR VÁZQUEZ
Nombre Minutos Part. Tit Sust Gan Emp Per Goles Asis Ama Rojas
Park 746 22 8 6 6 5 11 3 1 3 0

Como todos los años llega el momento de evaluar y puntuar a los jugadores del Celta tras la conclusión del campeonato. Este año, los que formamos MoiCeleste analizaremos, uno a uno, a todos los futbolistas para que vosotros le pongáis la nota a su temporada. Gracias a todos por participar.

Aterrizó como un relámpago y se fue diluyendo entre la intensa lluvia que arreció durante toda la temporada. Es difícil evaluar la temporada del otrora superclase surcoreano, Chu-Young Park. Su fichaje levantó ilusión más por exótico que por acertado: un servidor escribió aquí que su calidad, a tenor de los muchos partidos que había visto de él en Mónaco y con su selección, era incontestable. Pero también manifestaba dudas al respecto de la posición que fuese a ocupar en el esquema de Paco Herrera y la relación que mantuviese con sus compañeros. Chu-Young nunca se adaptó y, cuando pareció empezar a hacerlo, su participación fue capada sin compasión. La continuidad le fue negada desde un primer momento y su voluntarismo se antojó poco para un equipo que necesitaba goles.

Pero el exjugador del Mónaco nunca fue un goleador. Quizá Torrecilla, Herrera, Mouriño y quien fuese responsable de su venida a Balaídos, se esperaban otra cosa después de su irrupción goleadora en la pasada olimpiada. Buenos desmarques y mucha intención, pero poca incisión y mordiente. Eso ha sido Chu-Young desde siempre, un delantero/segundo punta que se siente más cómodo creando espacios y asistiendo que goleando. Cuatro han sido las dianas que ha conseguido materializar esta temporada entre Liga y Copa del Rey. Cuatro puntos nos han dado esos cuatro goles, cuatro puntos sin duda útiles pero escasos en el valor global de un jugador que cobró más de lo que pudo ofrecer en el campo.

Perdido, apático en ocasiones debido a la impotencia, utilizado como un revulsivo que nunca funcionó y sobre todo demasiado islote cada vez que saltaba al campo. Ni peinando balones daba la sensación de ser todo lo útil que podría haber sido. Su debut, con gol-partita en presencia de sus compatriotas periodísticos, coloreó de esperanza su futuro y el del equipo. Una esperanza que no tardó en desvanecerse hasta convertirse en un aluvión de murmullos y pitos. Los mismos que habían alabado la llegada del primer surcoreano al deporte vigués se transformaron en sus primeros detractores. El delantero asumió su rol y decidió encajar con silencio y aceptación su cada vez más evidente ostracismo.

Cabe preguntarse, tras el desplante que desveló El Fútbol es Celeste, si la paciencia de Park explotó de forma justa o no. Cabe preguntarse, también, si no habremos infrautilizado a un jugador con vitola de estrella. Pero la pregunta más incisiva y dolorosa de todas se dirige, una vez más, a la secretaría técnica del club: ¿necesitaba el Celta fichar a un jugador como Chu-Young? El optimismo, más de moda que nunca en nuestros sentimientos celtistas, me hace finalizar esta valoración de forma positiva. Porque aunque la decepción fue evidente, el surcoreano ayudó un poquito a la consecución del objetivo. Y eso, a toro pasado, es lo único que tiene que importarnos.

¿Qué nota le pondrías a Park? 
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Y Paco Herrera nos resucitó



En los años que llevo siguiendo el fútbol y siendo celtista, siempre he cumplido una máxima en lo que se refiere a un nuevo entrenador: la sensación que transmite desde el banquillo. Tres años en Segunda, más cerca de Segunda B que de Primera, le sumen a uno en la depresión futbolística. Ni las buenas intenciones de Eusebio Sacristán, un buen entrenador que a pesar de ello se ajusta perfectamente a la definición de “blando”, parecían funcionar para sacarnos de un pozo cada vez más profundo y maloliente. Y entonces llegó él. El primer partido en Balaídos, contra el Barça B, lo noté. Era él. Él nos sacaría de la mediocridad. Perdimos, pero me fui a casa con la cabeza alta. La razón, bien sencilla: el equipo dio la cara y su entrenador con él. No se veía en el campo ni caos ni estatismo, dos sustantivos antagónicos pero con un fin muy claro en esto del fútbol: el fracaso. Desde el banquillo, que me queda cerca desde mi butaca en Río Bajo en la que vi galopar a Gustavo López o gambetear a un David Silva casi prepúber, se erigía una figura casi titánica que alentaba a los jugadores.

Paco Herrera, un entrenador desconocido para mí, tenía coraje. No se quedaba sentado en el banquillo como Pepe Murcia o gritaba con la boca pequeña como Eusebio. No. Lo que vi aquella tarde fue alma. Se desgañitaba por la victoria, no cejaba en su empeño por ordenar a sus jugadores y, lo más importante de todo, buscábamos el gol sin piedad. El equipo atacaba, pero no atacaba como lo había hecho un año antes. Atacaba con pasión, con furia, con determinación. Así llegaron las remontadas, algo impensable tiempo atrás e incluso alguna goleada hizo acto de presencia. Las victorias comenzaron a llegar y con ellas la ilusión del ascenso. Habíamos resucitado. Esta vez íbamos en serio. Y lo hacíamos sacando a jugadores de la cantera aliñados con algunos veteranos ilusionantes. La solución del teorema pasaba por Paco, Mr. Paco.

Las vacas flacas hicieron acto de presencia y a pesar de lo doloroso que fue el playoff de ascenso contra el Granada, esa vez lo supe a ciencia cierta. Sus lágrimas en Peinador solamente consiguieron que me reafirmase. Era él, solamente podía ser él. Prometió volver la campaña siguiente con una sonrisa para hacer olvidar aquellas lágrimas. Lo consiguió, vaya si lo consiguió. Transformando a jugadores, reafirmando a otros tantos, resucitando a algún olvidado. Ese Celta sí era nuestro Celta. La travesía había sido tan larga que ya creíamos imposible vivir algo así. Y créanme cuando les digo que lo que hizo Paco Herrera casi podía considerarse un auténtico milagro. Aquella fatídica tarde en Alicante parecía la puntilla definitiva, pero la unión y la valentía de un entrenador corajudo (y cojonudo) nos elevó al más celeste de los cielos. “Que sí, joder, que vamos a ascender”, decíamos todos. Y Paco también. Paco, nuestro Paco.

Pero los amores, pro mucho que nos duela, nunca son eternos. Al menos en lo que concierne a la oficialización de las relaciones. Es un asunto difícil. Pareciera que este año, tras un inicio ilusionante, la llama se hubiese apagado poco a poco. Cuando la confianza, el cariño y la tranquilidad se disipan sin remedio, urge cambiar. Lo ocurrido el sábado pasado en el Coliseum era la constatación. Uno nunca sabrá hasta dónde hubiésemos llegado con Paco Herrera hasta final de temporada igual que no sabe hasta dónde llegaremos con Abel Resino. No viene al caso hablar de si las decisiones tomadas desde el club son acertadas o no. Lo único cierto es que Herrera parecía haber perdido la confianza de mucha gente. Tan cierto como que no merecía irse por la puerta de atrás. Es un tópico, pero el fútbol es así.

El deporte en general está lleno de tópicos y hay uno que se extiende no sólo al fútbol, sino a muchos más. Es aquel que versa sobre la memoria. Puede que en las altas esferas, esas que tanto se preocupan del día a día, la memoria sea un rara avis. Puede que allá donde lo único que importa es vender y vender sin parar, el raciocinio no haga acto de presencia. Parece que el neo-capitalismo se haya comido todo, incluidas las conciencias que habitaban no hace demasiado en un deporte tan bonito como el fútbol. Pero nosotros, los aficionados, no olvidamos. El fútbol y sus clubes viven irremediablemente en el presente, pero existen gracias a su pasado. El Celta, con ya casi 100 años de Historia, vio cómo futbolistas, entrenadores, directivos y, en fin, personas, escribían páginas doradas en un libro tan celeste como emocionante. Paco Herrera, Sir Paco, Mr. Paco; escribió una de ellas. Puede que no la más gloriosa (o sí), pero sin duda una de las más emotivas. Gracias a él pudimos sentirnos grandes otra vez, gracias a él un grito ahogado se desató hacia el cielo vigués un caluroso día de Junio tras cinco años de amargura. Gracias a él pudimos sonreír y por él lloramos esta vez. Porque Paco, el fútbol no tendrá memoria, pero lo importante es que nosotros, los que sufrimos y disfrutamos contigo, sí la tengamos.

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El fútbol no miente


LIGA BBVA

El estreno del Celta en Primera División tras cinco largos años de ausencia no ha sido como todos nosotros querríamos que hubiese sido. Si bien contra el Málaga en la primera jornada del campeonato las sensaciones fueron más que buenas gracias a un juego por momentos superior al flamante “equipo Champions” malacitano, la segunda contienda en esta extraña Liga de horarios inverosímiles y deudas astronómicas nos ha devuelto a la realidad de lo que realmente somos. El fútbol se puede vestir normalmente con dos trajes bien distintos: el de la dolorosa injusticia y el de la realidad, ésta última todavía más dolorosa. A tenor de lo visto en Anoeta el sábado pasado podemos afirmar que el Celta tiene mucho, muchísimo trabajo por hacer en su ilusionante regreso a la máxima categoría. El balón, por norma general y a pesar de espejismos como el de la primera jornada, no suele mentir.

No suele mentir porque cuando un equipo no disfruta de su posesión y se ve desbordado continuamente en su línea de medio campo, lo normal es que pierda la contienda. A pesar de poseer pólvora arriba, a pesar de un superlativo Iago Aspas y a pesar de un danés de nombre Krohn-Deli que dejó evidentes detalles de su contrastada clase futbolera. La Real Sociedad, un proyecto trabajado y continuista que ya afronta su tercer año en Primera División, es un equipo que se nos escapa. Los Carlitos Vela (a quien aquí no supimos entender), Griezmann, Agirretxe y Xabi Prieto se compenetran como un reloj gracias al excelente trabajo defensivo que su interesante entrenador, Philippe Montanier, lleva perfeccionando desde el curso pasado. Borja Oubiña y Álex López, dos de nuestros mejores valores, se vieron desbordados ante la presión realista en los primeros cuarenta y cinco minutos y en casi todo el grueso de la segunda parte. La salida de vestuarios tras el descanso, con un Celta fulgurante que incluso alcanzó el gol, fueron una ilusión que se desvaneció en menos de cinco minutos.

Mucho se ha hablado de la debilidad defensiva que los de Herrera demostraron ante los donostiarras, una certeza difícil de rebatir que sin embargo viene dada por un error mucho más preocupante: la falta de intensidad en todas y cada una de las líneas del once perpetrado por el técnico catalán. La extraña decisión de Paco al situar tanto a Iago como a un voluntarioso De Lucas como hombres más adelantados sin ningún tipo de responsabilidad defensiva es difícil de entender por diversas razones. La más importante resido en la falta de presión en medio campo. Es ahora cuando nos acordamos de un “desterrado” Mario bermejo al que muchos discutieron como media punta en la gloriosa temporada del ascenso. Super-Mario, con su sola presencia detrás de Aspas, cubría espacios que echamos de menos el sábado pasado. El medio campo realista, por lo tanto, jugó a sus anchas al ver que tanto Álex como Borja llegaban tarde jugada sí y jugada también, a la importante presión a los creadores rivales.

Esto provocó la incertidumbre defensiva de una zaga que todavía tiene que adaptarse al cambio de categoría. Especialmente los laterales. Tanto Hugo Mallo como Roberto Lago son desbordados con facilidad y acaban fundidos los partidos sin apenas pisar el área contraria. Un aspecto que preocupa y más sabiendo que el único lateral puro de la primera plantilla que tenemos en el banquillo es Bellvís. Túñez y Cabral, que estuvieron soberbios ante el Málaga, ofrecieron una alarmante falta de coordinación que se vio retratada en el llamativo segundo gol local. El resto, incluido un demasiado individualista aunque siempre presente Augusto Fernández, dieron señas de necesitar todavía más días de pretemporada.

Y es ahí donde tenemos que abogar por la esperanza. Este Celta pinta bien individualmente hablando y a poco que Herrera consiga trabajar la coordinación defensiva y la mecanización de las jugadas de ataque estoy seguro de que olvidaremos este mal arranque. A falta de la llegada de un delantero (si tuviese que elegir me quedaría con el capitán surcoreano) este nuevo Celta tiene mucho que trabajar, especialmente en el medio del campo donde un jugador tipo Bustos (muy sorprendente su presencia en la grada) se antoja casi imprescindible en esta categoría. Aun a riesgo de sacrificar algo de creación en aras de hacer más incómodos los partidos al rival. Porque ya no estamos en Segunda División y, en la élite, el fútbol no suele mentir. Si juegas mal, lo normal es que pierdas.

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El ascenso según Germán Pérez


Foto: EFE

Comenzamos una serie en Moiceleste que servirá de resumen anual para esta temporada en la que tanto hemos sufrido para, finalmente, conseguir el ansiado ascenso. Cada redactor dará su punto de vista y escogerá los mejores y peores momentos de la temporada bajo su prisma personal, y es que ya se sabe que en la variedad está el gusto. Porque aunque todos hemos tenido más o menos el mismo sentimiento, cada uno habrá vivido la temporada a su manera. Personalmente comencé teniendo muchas dudas en las primeras jornadas a pesar de que se sucedían las victorias, principalmente porque las nuevas piezas tardaban en encajar y las lesiones comenzaban a complicarnos las cosas más de lo debido (recordemos por ejemplo la inoportuna lesión de un Mario Bermejo que había comenzado muy bien). Supongo que empecé a creer cuando Oubiña comenzó a coger ritmo de competición y se ganó definitivamente el puesto. Y aunque todavía atravesamos momentos muy complicados, mi fe nunca desapareció hasta el final. Como la de todos los celtistas. Sin más dilación, ahí van mis claves:

El mejor partido: Villarreal B 2- Celta 3 (Jornada 11)

Foto: LOF/FdV
Seguramente no entre en las quinielas de la mayoría de los celtistas en cuanto al mejor partido de la temporada. No, el Celta no desplegó en él el mejor juego de la temporada, de hecho incidió en los errores de los últimos años al relajarse tras un tempranero gol de Mario Bermejo. ¿Por qué fue el mejor entonces? Porque fue la primera vez en la temporada que encauzamos tres victorias seguidas, porque el Celta venía siendo bastante discutido y, por encima de todas las cosas, porque fue la primera remontada de la campaña. ¡Y qué remontada! Iago Aspas y Orellana comenzaban a carburar lo que vendría en un futuro y nos daban tres puntos de oro en el último minuto con una jugada de esas que ahora se denominan “fútbol de salón”. Y además contra un rival que nos tenía tomada la medida en los últimos años. Partido para recordar.

El momento clave: vuelve Borja Oubiña

Foto: EFE
Se tomó su tiempo el gran capitán para volver, pero no fuimos nosotros los que quisimos acelerar su vuelta ni mucho menos. Borja volvió cuando tuvo que volver. Y lo hizo como titular contra el Valladolid en casa, en un partido que se puso complicado pero en el que ya comenzó a dar muestras de lo necesario que era para este equipo. No volvió a tener continuidad hasta el empate a tres con el Xerez fuera de casa y, qué casualidad, el equipo comenzó a encadenar victorias y buenos resultados. La vuelta de Oubiña, acercándose incluso a su mejor nivel de antaño, fue el punto de inflexión de un Celta que necesitaba a alguien que marcase las diferencias. La presión, el primer toque y la cabeza las puso este jugador que muchos ya daban por perdido. Sin duda, el momento clave de este Celta fue su recuperación definitiva. Y que nos dure muchos años más.

El peor momento: Hércules 1- Celta 0 (Jornada 35)

Foto: Atlántico Diario
La resaca del derbi provocó lo que seguramente fue el peor partido de la temporada. Un equipo deshecho anímicamente se encontró con un Hércules en alza que encontró en el Celta el perfecto juguete roto para darse moral. La pasividad de Álex López en la jugada del gol herculano tras quedarse tendido en el área un jugador nuestro es el vivo reflejo del duro golpe anímico que habíamos sufrido. No exagero si digo que muchos nos temimos lo peor tras este partido ya que, para colmo, se lesionaba Oubiña y muchos jugadores no atravesaban su mejor momento. La pesadilla de los play-offs volvía a cernirse sobre neustras cabezas y un Valladolid imparable no daba tregua. Sí, fue el peor momento, pero supimos levantarnos y la gloria tocó finalmente a nuestra puerta. Pero conviene recordar estas tardes infames para saber que la línea que separa el éxito del fracaso es mucho más fina de lo que parece a simple vista.

El mejor gol: De Lucas al Real Murcia (Jornada 2)

Muchos han sido los golazos que hemos tenido la suerte de ver esta temporada, desde la media chilena agónica de Joan Tomás hasta la preciosista volea de Orellana. Pero un servidor se quedó realmente con la boca abierta con este espectacular trallazo de falta de nuestro Quique Deluxe. En el momento en el que vi salir el balón de su pie, desde una posición tan difícil e inverosímil para el tiro, no me lo podía creer. Ríanse ustedes de Cristiano Ronaldo y su 10% de acierto en el lanzamiento de faltas. Uno de los mejores goles de libre directo que he tenido la suerte de presenciar en mi vida. Para verlo una y otra vez. Espectacular, con todas y cada una de sus letras. Hasta el golpeo seco en el palo lo hace todavía más bonito. El gol está a partir del minuto 00:45 en el vídeo, cortesía de MurciaManía.


El mejor jugador: Fabián Orellana

Foto: Marta G. Brea
Discutido, individualista, tímido, veloz, habilidoso, genial. Orellana nos ha dadoe sta temporada la de cal y la de arena, pero a tenor del cariño que él siente muy adentro suyo sobra decir con qué lado nos quedamos del jugador internacional chileno. Su primer regalo fue un sutil golpeo de falta que nos dio un punto ante el Valladolid y desde entonces, para lo bueno y para lo malo, no paró. Puso las tablas en Riazor convirtiéndose en héroe para, posteriormente, convertirse en inesperado villano al perder un balón en el medio del campo por abusar de la conducción. Un jugador cualquiera se hubiera hundido ante tal situación y hubiera sido muy difícil recuperarlo. Pero él no. Y por eso es un grande: a pesar de aquel error nunca se escondió, pidió el balón, encaró, se atrevió. Corrigió sus defectos y potenció sus virtudes, supo evolucionar de la mano de un Herrera que tuvo mucha mano izquierda con él y se convirtió en uno de los líderes indiscutibles del equipo. Goles y asistencias, casi todos de una belleza indiscutible, lo avalan. Pero no solo fue eso. Sus ayudas defensivas a Roberto Lago nos ahorraron más de un disgusto y es que el bueno de Fabián es un tío sacrificado y trabajador. Muchos se quedarán con sus bonitos regates, pero yo me quedo con su habilidad para cubrir espacios y su intuición en los movimientos sin balón. Y por eso, por haber sido el jugador que más ha evolucionado y que más ha hecho fructificar a sus compañeros (muchos de los goles de Aspas son a cuenta suya) es para un servidor el mejor jugador celeste de la temporada. ¡Fabi, quédate!

Y esto ha sido todo por mi parte. A partir de hoy cada redactor dará su punto de vista sobre esta temporada inolvidable y fomentaremos el debate, así que ya saben, dejen sus momentos predilectos de la temporada en los comentarios y recordemos como se merece este temporadón. Quién sabe cuánto tiempo tardaremos en vivir algo igual. ¡Hala Celta!

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