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| Foto: Octavio Passos / Getty Images |
Cuando Claudio Giráldez aterrizó en el banquillo del primer equipo el Celta encontró algo más que un entrenador capaz de mejorar sus resultados. Encontró una propuesta futbolística diferente, atrevida y sobre todo muy incómoda para sus adversarios. La movilidad de los jugadores y las constantes permutas de posiciones, y una interpretación que rompía con muchos de los esquemas tradicionales convirtieron al técnico porriñés en uno de los entrenadores más interesantes del campeonato.
Aquella capacidad de sorprender fue una de las grandes señas de identidad. El Celta podía cambiar su estructura durante un mismo encuentro, utilizaba a los centrales para iniciar el juego desde posiciones inesperadas o encontrar espacios mediante movimientos que obligaban al rival a tomar decisiones constantemente. No siempre salía bien, pero una idea reconocible y una voluntad permanente de llevar la iniciativa apoyados en el vértigo.
Sin embargo el fútbol no es una foto fija. Los adversarios estudian a los rivales, evolucionan y aprenden. Lo que inicialmente es fresco y sorprendente termina convirtiéndose en un mecanismo conocido. Para combatir esta situación, el Celta también ha ido mudando su rostro, y esta temporada presente diferencias importantes respecto al que conocimos durante los primeros meses de Giráldez en el banquillo. El equipo ha ganado en organización defensiva, ha aprendido a sobrevivir con menos posesión y ha encontrado en el bloque medio-bajo una herramienta para competir ante determinados adversarios, una evolución que ya vimos durante muchos partidos de la pasada temporada.
Los resultados respaldaron inicialmente esta transformación. Incluso esta temporada el Celta se situó como uno de los equipos menos goleados de Primera División, con cuatro porterías a cero durante las primeras ocho jornadas. Pero esta evolución ha tenido un coste. Al Celta le está faltando continuidad en la producción ofensiva, le cuesta encontrar soluciones en el último tercio y, en ocasiones, parece depender demasiado de las transiciones y de los errores del adversario.
La cuestión va más allá de que el equipo haya perdido su propia identidad. Claudio Giráldez ha defendido que el fútbol exige evolucionar y buscar soluciones diferentes en función de los problemas que plantea cada encuentro. El interrogante está en si esa adaptación ha terminado reduciendo alguna de las herramientas que anteriormente convertían al Celta en un equipo tan difícil de interpretar. Vallecas ha sido un duro golpe que pone de manifiesto que el equipo necesita una nueva evolución.
Claudio Giráldez ha demostrado que tiene capacidad para reinventar sus equipos. Lo hizo en el Fortuna y volvió a hacerlo cuando asumió el banquillo del primer equipo. También ha demostrado que no tiene inconveniente en modificar sus planteamientos cuando considere que las circunstancias lo requieren.
Ahora se enfrenta a un desafío diferente: Conseguir que el Celta vuelva a ser imprevisible sin renunciar a la solidez que tanto le ha costado construir. El regreso de una mayor presencia ofensiva de Iago Aspas, la aportación de jugadores como Swedberg o la evolución de los futbolistas más jóvenes pueden ser relevantes en este proceso. Giráldez no necesita volver al Celta de sus primeros meses. El fútbol evoluciona y los equipos que quieren crecer también deben hacerlo. Pero sí necesita evitar que la adaptación termine convirtiéndose en una limitación.





















