El experimento de la esperanza


Foto: Octavio Passos / Getty Images

En la década de los años 20 del pasado siglo el Doctor Curt Richter realizó un experimento en la Universidad de Harvard con ratas de campo recién capturadas. Los indefensos animales se introducían en un barreño de agua cuyas paredes lisas no les permitían salir. A los quince minutos de comenzar a nadar, agotadas y desconcertadas acaban muriendo presas del stress.

Según otros estudios, las ratas de campo pueden nadar hasta 80 horas seguidas sin parar antes de ahogarse, por lo que la causa de la muerte no era el cansancio físico sino el miedo mortal ante una situación sin salida.

Sin embargo en el experimento introdujeron una variante. Justo un minuto antes de que sucumbieran las retiraban del barreño, las secaban, las dejaban descansar y las introducían de nuevo para un segundo turno, en el que de media alcanzaban los 20 minutos. La confianza y la esperanza de que alguien las salvara les dio la fuerza necesaria para seguir nadando. En el séptimo turno llegaron a nadar durante 60 horas consecutivas. 

Es muy probable que el desconcertado lector que ha llegado hasta aquí crea que se ha equivocado de web. Efectivamente esto sigue siendo MoiCeleste, y de lo que estamos hablando es del valor de la mente en la consecución de un objetivo. Las ratas no morían por cansancio físico, morían paralizadas por el miedo. Cuando adquirieron la confianza suficiente fueron capaces de hacer cosas impensables. 

La fe mueve montañas, y eso es precisamente de lo que adolece este Celta. En condiciones normales el partido de ayer acabaría con una victoria relativamente fácil para el Celta. Con un hombre más y 60 minutos por delante, los once jugadores del Celta se mirarían con la seguridad de que alguno de sus compañeros vendría a rescatarlos, con la esperanza de que acertarían el siguiente pase, que serían certeros en el siguiente disparo. Y sino en el más próximo, en el otro, pero los goles llegarían. Primero el del empate y luego los siguientes. 

Ayer sus ojos decían lo contrario, y sus piernas actuaban en consecuencia. Lo sucedido anoche en Balaídos solo se explica desde una alarmante falta de confianza. Más bien al contrario, de la seguridad de que volverían a decepcionar a la afición, como lo han hecho en prácticamente todos los partidos. Y ojo, el comportamiento del celtismo está siendo el mejor que se recuerda en muchos años. Ni un reproche, ni un ápice de presión al equipo, soportando de forma estoica innumerables pases fallidos, despejes que se convierten en asistencias para el rival, y tiros tan inocentes como las pobres ratas de campo usadas para experimentar. 

La plantilla del Celta ha entrado en una complicada vorágine derrotista. Un círculo vicioso en el que es fácil entrar pero no tanto salir. Obviamente la situación a la que se ha llegado también se puede explicar desde un punto de vista más técnico, pero en el fútbol, como en la vida, la confianza es una parte importantísima del camino que tenemos que recorrer para alcanzar nuestros objetivos. Y el Celta la ha perdido por completo. 

Si Benítez, o el que sea, es capaz de resolver este problema, habrá dado un paso importantísimo hacia la salvación. Por argumentos futbolísticos el Celta puede encontrar a tres equipos peores en este año del centenario. Lo que no parece tan sencillo es que aparezcan tres equipos más débiles a nivel mental que el actual Celta. Y eso es preocupante, pero una vez hecho el diagnóstico se puede actuar sobre el mal. 

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