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Previa Deportivo-Celta: A repetir la última gesta en Riazor



Foto: Paco Rodríguez


Nueve meses después del último derbi gallego, el Celta vuelve a Riazor este sábado (22:05, La 1) con la intención de repetir el triunfo cosechado en la pasada temporada (0-2). Tras la dolorosa derrota ante el Valencia, el equipo de Berizzo quiere recuperar su camino victorioso para reivindicar la enorme temporada realizada. Los celestes afrontan la duodécima jornada de Liga en la cuarta posición (21 puntos), con seis de ventaja sobre un conjunto blanquiazul (15) que está noveno y suma cinco jornadas sin ganar. El conjunto deportivista, que no está muy fino en Riazor, se medirá ante el mejor visitante del campeonato. Tanto la emotividad del choque como el hecho de jugar en A Coruña propician una mayor igualdad en el partido de fútbol más importante que existe en Galicia, aunque el análisis de ambas trayectorias otorga un ligero favoritismo al conjunto celeste.

El derbi llega tras el parón por las selecciones, que el Celta ha resuelto de un modo óptimo. Nolito, Wass, Jonny y Orellana han llegado en perfectas condiciones físicas. Por lo tanto, Berizzo repetirá el once que cayó goleado en Balaídos ante el conjunto ché. Asimismo, vuelve al banquillo céltico Rubén Blanco como portero suplente y allí estará también Borja Fernández, debido a la lesión de Radoja. Lo más probable es que Señé sea el descarte del entrenador argentino, que ha viajado con toda la plantilla a A Coruña para hacer piña. Por su parte, Víctor ya tiene claro, aunque esconda sus cartas, quién sustituirá al lesionado Borges en el centro del campo. Se habla de la reconversión de Fayçal Fajir como relevo del costarricense, posibilidad que reestructuraría al equipo, y también de Álex Bergantiños para suplir al ausente. Finalmente, Luis Alberto y Juan Domínguez no han podido entrar en la lista del derbi.

Como suele ser habitual, el Celta luchará por tener el control del encuentro a través de la posesión de la pelota, una disputa clave en el inicio para Berizzo porque entiende que el Deportivo va a tener la misma intención. Con la mínima superioridad sobre el papel del Celta, los célticos tratarán de demostrar el poderío ofensivo que les delata en lo que va de Liga con Nolito y Aspas como estandartes. Eso sí, deberán tener mucho cuidado con partirse en la presión, ofreciendo la máxima concentración para evitar errores individuales ante un rival asociativo, vertical con Pedro Mosquera como cerebro en la medular y Lucas Pérez desequilibrando en ataque. Víctor también estará muy pendiente de Nolito, que quizá deba abandonar su posición para ir a la mediapunta en ocasiones.

Se espera un ambientazo en Riazor. No queda una sola entrada para un derbi en el que habrá al menos 630 celtistas en las gradas. El año pasado se les escuchaba muchísimo y tratarán de hacer lo mismo en esta ocasión, animando a los suyos en la fiesta del fútbol gallego. Ambos conjuntos han crecido con respecto a la temporada pasada y la cita promete un buen espectáculo. Esperemos que los futbolistas se porten bien en el terreno de juego y que la gente disfrute de la fiesta sin altercados. 'Sentidiño', por favor.



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El derbi de la amistad


Alejandro Mier (Deportivista) y un servidor. Foto: Bruno Vence

De todos los derbis que me ha tocado vivir en ninguno me pasó lo que me pasará este domingo a las ocho de la tarde. Hasta hace dos años, el “Coruña” era para mí un ente casi diabólico, el principio de todos los males y el despertar de todos mis odios. Ser del Celta implicaba ya desde pequeño tener animadversión al eterno rival. Sin explicaciones, sin un por qué claro. Es así y ya está. ¡Vade retro deportivistas! Sin embargo algo ocurrió hace dos años y pico en mi vida, ese camino tan inesperado que pone patas arriba todas tus convicciones y de repente es capaz de cambiar, por circunstancias, lo que tú creías inamovible.

Resulta que comenzaba un servidor una nueva etapa matriculándose en la Universidad de Pontevedra. Comenzaba un nuevo curso y con él una nueva oportunidad de conocer gente y entablar amistad. Si es que al final, por mucho que nos pese, parece que ese es el único cometido útil y satisfactorio de los estudios universitarios en este país. Las cafeterías están llenas, las aulas no tanto. Así que los primeros días de clase, como es habitual, te los pasas conociendo gente. El destino, la casualidad o como quieran llamarlo, tocó a mi puerta en una de las más rocambolescas e irónicas situaciones de mi vida.

Por aquello del borreguismo, que en los primeros días de clase ya se sabe, hay que seguir a alguien, se juntó un servidor con otro chaval por puro azar. Comenzando a hablar ya daba la impresión de que nos llevaríamos bien: hablamos de películas, de literatura, de tebeos e incluso de videojuegos. Todo parecía ir sobre ruedas, ser amigos sería el siguiente paso y no sería excesivamente difícil de dar. Y un día ocurrió lo insólito. El fútbol no había sido todavía tema recurrente en nuestras conversaciones hasta que, volviendo cada uno a su respectivo nido provisional en la capital pontevedresa, salió a colación. “¿Te gusta el fútbol?”, creo que preguntó. No recuerdo con exactitud lo que contesté, pero debió ser algo así como un “pues claro” en toda regla. Lo primero que se me vino a la cabeza fue que teníamos una afición más en común, un tema de conversación más para esas largas tardes universitarias. Hasta que de su boca salió la frase que lo cambiaría todo.

“Yo soy del Dépor a muerte”. No sé cómo debió resultar el contorsionismo de mi cara provocado por la sorpresa ante tales palabras. Lo cierto es que se me heló la sangre. “Joder, de todas las personas con las que me podía llevar bien, tuve que dar con un turco”, debí pensar. Mantuve la calma. Me serené. Le eché valor. Así que mi réplica fue tal que así: “Vaya, pues resulta que yo soy del Celta a muerte”. Tómala. Donde duele, directa al corazón. ¿Y ahora qué? Pues nada, todos mis odios y mis convenciones futboleras más sagradas se fueron al garete. No merecía la pena. Los dos, como personas adultas y maduras, coincidimos en señalar que la rivalidad se vive en el campo y no fuera de él. Nos dimos la mano y nuestros días de amistad comenzaron de verdad. Eso sí, a partir de ese momento aderezada con piques continuos al paladar futbolístico del contrario. Tuvimos la (mala) suerte de coincidir, probablemente, en el peor momento futbolístico de ambos equipos. Cada semana encarábamos la jornada anterior con mucho humor, con  ironía y haciendo referencia al insulso fútbol de unos y otros.

Desde entonces muchas fueron las tardes de risas y fútbol a su lado. Cervezas, partidas a la play (cada uno con su equipo, claro está), anécdotas de los mejores años futboleros de cada uno, recuerdos de aquellos derbis irrepetibles…Vivíamos con interés la historia de cada uno, el por qué de esa afición desmesurada a cada equipo. Cuando el buen humor hacía acto de presencia dábamos con las debilidades de cada uno, pero cuando la seriedad era requerida analizábamos fríamente el fútbol de cada uno, dábamos opiniones constructivas con todo el respeto del mundo e incluso apoyábamos al contrario si hacía falta. Incluso conseguí traerlo a Balaídos. Él intentó lo propio conmigo y con Riazor, pero de momento no ha sido posible. Lo que sí ha sido posible es visitar su pueblo, conocer a su familia y amigos, todos ellos deportivistas, y sentir un cariño muy cercano a pesar de ser reconocido (y a mucha honra) celtista. Lo mismo le pasó a él en mi casa. Porque es posible, es más, es lo que debería ser.

El año pasado fue especial. Nuestro casi ascenso y su consumado descenso dieron en la precisa tecla del apoyo mutuo. No hubo reproches, no hubo ironías, no hubo vaciles de ningún tipo. Analizamos la situación futbolística de cada uno y prometimos que a final de temporada ascenderíamos juntos de la mano. Porque es lo que ambos merecemos, un sitio de honor en Primera División. Eso sí, este domingo cada uno apoyará con la más ferviente de sus pasiones al equipo de sus amores. Él lo hará desde el estadio, yo lo haré desde mi casa. Que gane el mejor. Y el lunes será otro día.

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Las lágrimas de Giovanella



  Cuesta ver llorar a un futbolista. Pero todavía cuesta más verlo llorar por un jugador del eterno rival. El fútbol, en ocasiones, ofrece hechos terribles y maravillosos al mismo tiempo y que, en el fondo, demuestran la grandeza de este deporte. El horror y la hermosura se dieron cita tal día como hoy diez años atrás en el estadio municipal de Riazor. Se jugaba un Dépor-Celta, la madre de todos los partidos en el fútbol gallego. Se enfrentaban no sólo los dos equipos más potentes de la comunidad, sino dos de los conjuntos más fuertes del panorama futbolístico español.

  La fiesta del fútbol gallego se estaba viviendo con total normalidad. Ambas escuadras estaban ofreciendo un gran espectáculo, con muchos goles y fútbol de alta escuela. Se había adelantado el Celta por partida doble con goles de Eduardo “el Toto” Berizzo y Edú; pero, el Dépor había conseguido firmar las tablas. El destino de los tres puntos se estaba dirimiendo cuando, entre la intensidad del encuentro, sucedió una jugada desgraciada.

  Balón en largo de Molina con la mano para iniciar la contra coruñesa. La pelota queda dividida y a ella acuden Manuel Pablo y Everton Giovanella. El canario parte con ventaja para hacerse con el esférico, por lo que el brasileño busca el suelo para contactar con el cuero. El fulgor del encuentro provoca un encontronazo fortísimo, un choque de trenes del que salió peor parado el ferrocarril blanquiazul. El golpe acaba con falta a favor de los locales y Manuel Pablo tendido en el suelo. Con mis nueve años de entonces, recuerdo como si fuera hoy a Michael Robinson diciendo que al futbolista del Deportivo se le había salido la espinillera. Por desgracia, el británico se equivocó.

  Manuel Pablo se había roto la tibia y el peroné, lo que lo apartaría siete meses de los terrenos de juego. La lesión llegaba en el peor momento, pues se rumoreaba que el futbolista isleño tenía un precontrato firmado con el Real Madrid, al tiempo que su presencia en el Mundial de Corea y Japón parecía totalmente asegurada. Esa lesión, con 25 años, supuso un tremendo obstáculo para una prometedora carrera en aquel momento.

  ¿Y qué puede haber de maravilloso en todo esto? Pues el ejemplo que dieron, a partir de aquel instante, dos futbolistas enemigos en el campo, pero ante todo personas fuera de él. Mientras los servicios médicos del estadio atendían a Manuel Pablo, Giovanella daba vueltas alrededor del tumulto. Desconsolado, el brasileño lloraba, sintiéndose culpable de una acción fortuita e involuntaria que había terminado con un compañero de trabajo en el quirófano. De ahí al final del partido, el mediocentro celeste no fue el mismo, con la mente en otro lado, quizás en la ambulancia que conducía a Manuel Pablo camino del hospital. La cara de Giovanella era sobrecogedora. Mientras la grada local la tomaba con él, ignorante de la involuntariedad de la acción, compañeros y rivales intentaban consolarlo, hacerle ver que no había tenido culpa de nada. Pero no era suficiente.

  Tal y como deseaba Giovanella, el partido concluyó, lo que le permitió acudir a la velocidad del rayo a interesarse por el futbolista canario. Durante mucho tiempo, el interés del brasileño por conocer las evoluciones del lateral fue patente. Incluso el propio Manuel Pablo, quien desde un primer momento intentó eliminar de la mente de “Giova” cualquier sentimiento de culpa, reconoció el cariño y la preocupación que había mostrado el futbolista del Celta. Un hecho maravilloso que demuestra que, por encima de la rivalidad, siempre quedan personas de carne y hueso.

  Según parece, a día de hoy, la relación entre ambos futbolistas es nula. El tiempo ha ido separándolos: mientras Giovanella se encuentra en Brasil ya retirado, Manuel Pablo volverá a disputar un derbi este año con el brazalete del Deportivo en el brazo. Esperemos que, en esta ocasión, nadie tenga que llorar la lesión de nadie y que vivamos un espectáculo futbolístico como aquel que estaban ofreciendo, tal día como hoy hace diez años, el Celta y el Dépor sobre el tapete de Riazor.
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El fútbol es muy grande


El mundo del fútbol está plagado de pequeños detalles que cada día lo hacen más grande, y son los pequeños gestos los que ayudan a esa grandeza. Las comparaciones son odiosas. Si la semana pasada vivíamos un play-off lleno de marrullerías y descalificaciones, el equipo alevín del Sevilla ha demostrado que las buenas formas siguen estando de moda.

Todo sucedió durante la celebración del Torneo de Iraugui, de categoría alevín. Espanyol y Sevilla eran los contendientes en la gran final que terminó con empate a cuatro tras el tiempo reglamentario, por lo que el ganador se tuvo que decidir desde el punto de penalty, siendo el Sevilla el vencedor, pero para sorpresa de muchos, en el momento de recoger la copa, el entrenador hispalense, Ernesto Chao, decidió entregar la copa al equipo rival "porque se la merecieron".

El técnico españolista, David Fernández, aseguró que "Ernesto me comentó que nosotros hemos jugado mejor durante el torneo y que en la final hemos sido mejores. Ha sido un gesto increíble. Llevo algunos años como entrenador, pero nunca había vivido una situación igual. Es digno de elogiar, porque hay pocos que puedan tener un detalle como éste". El Real Club Deportivo Espanyol ha agradecido el gesto en su web oficial.

Un detalle que nos reconcilia con el fútbol y con las buenas formas. Bravo por el técnico sevillista que ha enseñado una valiosa lección a los niños que entrena y para los que más que un entrenador debe ser un maestro.

Moi Celeste 
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