El vendaval, por Breo Gallagher


Si este Celta de Berizzo tuviera que llevarse un apelativo para la posteridad, un nombre con el que recordarlo, como suele pasar con los equipos que marcan una época, bien podría ser "el Vendaval". Ese que en la misma temporada no sólo se llevó de un tacada la cubierta de Río y a Orellana surcando los cielos a la otra punta de la península en mitad de temporada, sino que tampoco tuvo clemencia con los gigantes que se cruzaron a su paso.

Cayó la mejor defensa del mundo, probablemente de esta década, el Atlético de Simeone, con tres truenos que silenciaron el Calderón en una noche de copas inolvidable. Cayó también el Barça: primero -y por vez primera-, en el Camp Nou; y luego hincando rodilla en el estadio donde el mejor equipo de este siglo recibió algunos de los chaparrones futbolísticos más contundentes de sus últimos tiempos (una pesadilla que apodaron Malaídos, tras recibir cuatro goles en dos años consecutivos). Por si fuera poco, el enfrentamiento con el Real Madrid, iba a ser, en lo deportivo y lo extradeportivo, un David y Goliat futbolístico con desenlace conocido por todos, ya sepan de biblias o no. Otra vez azotando se cargó de un plumazo al equipo de Zidane, que jamás había perdido una eliminatoria, y de paso también disipó algunas vergüenzas externas que rodean a este deporte, haciendo lo único que debe hacerse para ello: FÚTBOL. Y ya sé que las mayúsculas no están bien vistas en la prosa convencional, pero es que aquí son innegociables.

Otra vez, este deporte y la suerte nos regalaron un equipo que se reconoce en el esfuerzo agradecido, que domina con solvencia el arte preciosista de jugar de forma colectiva una pelota con los pies. Que no especula, que quiere el gol, lo busca, y además lo consigue... todo, con una sinvergüencería tal que sólo puede poseer un equipo que ya se ha hartado de perder... (aunque para esto, tener a Aspas y a Guidetti también cuenta). Un equipo que se siente bien remando en medio de la tormenta, que no tuerce el ánimo por una eliminatoria en contra, ni por dos semifinales consecutivas perdidas; que no se viene abajo por polémicas ad intra que, seguro, destrozarían un vestuario débil. Un equipo que, como ave fénix, resurge cada vez con tanta fuerza y fe renovada en sí mismo, que nadie sabe a ciencia cierta qué alturas puede alcanzar.

Por lo pronto, ha vuelto a soplar el vendaval. Esta vez fue en medio de la glaciación, y se ha llevado volando los trozos de un Shakhtar Donetsk que se las prometía felices y llevaba sin perder casi desde la edad de hielo. Nadie sabe nada sobre lo que ahora ha de venir. Esta es una verdad indiscutible. Por eso, tan sólo nos queda aferrarnos al presente: disfrutar lo jugado, saborearlo con gusto, y encomendarnos de nuevo en cada partido al emocionante suicidio ofensivo de este equipo, que siente más de lo que piensa, que lo da todo y suda y se mancha y se vuelve loco con cuatro, cinco delanteros... ¿qué más da? Como si fuese el último minuto. Y para acabar, unas palabras a los jugadores. Luchadores: ¡luchad, seguid luchando, como siempre hacéis! No os dejéis nada, que este partido como todos pronto acaba. Soplad, seguid soplando juntos y haced que arrecie el Vendaval. Así conseguiréis que sigamos vibrando, al unísono, gritando ¡gol! ¡Y gol! ¡Y gol! Cada vez, un poco más, hasta el gol definitivo en una gran final.

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