Donald Trump desnuda el funcionamiento de los organismos que rigen el fútbol



Donald Trump hace y dice tantas estupideces que lo sencillo sería concluir que es un idiota. Sin embargo, quizá el problema sea nuestro: seguimos sorprendiéndonos cada vez que demuestra que siempre puede cavar un poco más hondo.

Esta semana ha vuelto a regalar otra escena de ese espectáculo permanente en el que confunde la presidencia de Estados Unidos con la presidencia del comité de competición de la FIFA. Todo empezó con la expulsión de Folarin Balogun, delantero de la selección estadounidense, que debía perderse el partido de octavos de final contra Bélgica tras ver la tarjeta roja.

Pero Trump, que entiende las normas como simples recomendaciones cuando afectan a los suyos, levantó el teléfono y llamó a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, al que definió como "una persona muy influyente". La petición fue tan sencilla como edificante: retirarle la sanción porque aquello no había sido más que un choque entre dos atletas y era muy injusto que, además de la expulsión, el jugador tuviera que cumplir un partido de suspensión. Infantino obedeció con la diligencia de quien conoce perfectamente cuál es su papel en la función y Balogun pudo jugar. Por fortuna, Bélgica despachó a Estados Unidos con un contundente 1-4 y, para rematar la ironía, el cuarto gol tuvo dedicatoria presidencial en el bailecito de los belgas. 

Trump pertenece a esa extraña especie de personas que no solo necesitan mover los hilos, sino enseñar después los dedos con los que los han movido. Lo que otros hacen entre bastidores él lo convierte en una rueda de prensa porque, en su cabeza, presumir de haber manipulado una decisión deportiva no es un escándalo, sino un mérito. Habla de fútbol con la misma seguridad con la que habla de economía, medicina, geopolítica o energía nuclear: la ignorancia jamás ha sido un obstáculo para su exceso de confianza. Es el cuñado universal, pero con acceso al teléfono rojo. Un niño malcriado que, si pierde al Scattergories, cambia las reglas hasta que "pulpo" vuelva a ser un animal de compañía.

Sin embargo, la última ocurrencia de Donald Trump ha tenido una inesperada utilidad pedagógica. Ha servido para contemplar, en primera persona y sin necesidad de filtraciones, cómo funcionan realmente determinados mecanismos del fútbol. De repente resultan mucho más comprensibles esas decisiones arbitrales difíciles de explicar o esas resoluciones de los comités de competición que parecen desafiar cualquier criterio lógico.

También ayuda a entender por qué tantos aficionados tienen la sensación de que los organismos que gobiernan el fútbol no miden a todos con la misma vara. Por qué la temporada pasada el Celta acumulaba sistemáticamente menos descanso que el Betis tras disputar la Europa League. O cómo el Barcelona fue capaz de sortear normas que parecían escritas para el resto de los clubes, ya fuera con la inscripción de Dani Olmo o con episodios disciplinarios que, vistos con perspectiva, terminaron diluyéndose en el tiempo. Cuando el poder llama por teléfono, los reglamentos descubren una sorprendente elasticidad.

Y tampoco parece casual el trato de favor que muchos aficionados perciben hacia el Real Madrid en determinadas decisiones arbitrales o disciplinarias. La diferencia con Trump no es el método, sino la discreción. Aquí las llamadas también existen, solo que nadie tiene la necesidad infantil de salir al día siguiente a contarlas como quien presume en el recreo de haber hecho una travesura. El procedimiento permanece oculto; el resultado, demasiadas veces, sigue siendo el mismo.

¿Dimitirá Infantino? Esa posibilidad exigiría una combinación de vergüenza, dignidad y escrúpulos incompatible con la escalada a las más altas instituciones del fútbol. Quizá alguna vez conoció esas virtudes; si fue así, debió dejarlas olvidadas en algún despacho hace muchos años. No dimitirá, nadie se lo exigirá y todo seguirá exactamente igual. Porque el verdadero escándalo no es que estas cosas ocurran. El verdadero escándalo es que esta vez uno de los protagonistas ha sido tan extraordinariamente torpe como para contarlo en voz alta.

0 comments:

Publicar un comentario