Una de cal y mucha arena


EFE

Es difícil de entender lo ocurrido ayer al mediodía en Balaídos. Difícil comprender cómo un Celta notable, intenso, capaz de jugar de igual a igual a todo un finalista de Champions, incluso superarle por momentos, se disuelve en una segunda mitad infame como un azucarillo en el café. Después de competir 45 minutos al nivel del Bernabeu, de recuperar el fútbol vertiginoso y de presión alta, de asustar a Oblak con un par de manos a mano de Señé y Bongonda y de conseguir que la grada entonase el ya mítico "fútbol de salón", los de Berizzo desaparecieron, se evaporaron, echaron el freno y permitieron que les pasase por encima un un tren de mercancías. Imagen pobre de un equipo cansado, desconectado, desorganizado y abatido. Como aquel que recibió siete en marzo en Chamartín. El gol de Koke fue como una inyección letal que liquidó al Celta en un abrir y cerrar de ojos.

Todo se vuelve incomprensible visto el primer acto. El Celta, sostenido en un Tucu brillante, presentó batalla ante un Atlético que empezó arriba presionando y que vivió los últimos minutos del partido embotellado en su mediocampo. Fue porque los vigueses recuperaron esa presión alta que dejan ver en ocasiones, porque Sergi Gómez tiró de sus fantásticas dotes de anticipación para botar a la delantera rojiblanca hacia el medio campo, porque los laterales se desplegaron en ataque para recuperar en campo contrario. También porque Señé le dio sentido a todos los balones que tocó y porque Bongonda se atrevió a juguetear con Juanfran. 

Pero no llegó. En la grada estaba Orellana y en Old Trafford, Nolito. Señé y Bongonda son a día de hoy dos buenos jugadores a los que les falta claridad al llegar al área. Asustan, pero todavía no atemorizan. Marcan, pero aún no golpean. Les falta ese añadido que los convierta en decisivos. Ese plus que puede tener Orellana y que, sobre todo, tenía Nolito. El gaditano era un terror dentro del área. Ahora el Celta ya no tiene ese arma de intimidación. Ni el propio Orellana, ni siquiera Aspas, alcanzan la dimensión del andaluz en ese rectángulo del campo. Deberán ser ellos los que den un paso al frente, quizás también de la mano de Rossi, para llenar ese hueco que va a ser difícil de cubrir. Todavía no es momento para pedírselo a Señé o Bongonda.

Con Nolito en el campo quizás el marcador al descanso hubiese reflejado una ventaja local. Lo que es seguro es que con o sin él, el Atlético le hubiera pasado igualmente por encima en la reanudación. Con ese nivel de intensidad, sin ninguna duda. Por una extraña razón, el Celta dimitió tras el gol de Koke. Un gol que llega por la pasividad defensiva de Jonny para contener el centro desde el flanco derecho, y por un desajuste en la marca de Wass. Ambos nombres escenificaron el derrumbe celeste en el segundo acto, especialmente el canterano, que repitió el error en el segundo y tercer gol. Un derrumbe físico y también mental. Agotados y abatidos.

No ayudó Berizzo. Como otras veces, reaccionó tarde y mal. Con el primer gol colchonero, el partido pedía sustituir a un exhausto y excesivamente lento Wass por el joven Pape Cheick. El Toto prefirió a Rossi para dar el relevo al danés, y no funcionó. No termina de entender el técnico argentino que no por introducir más delanteros el Celta va a jugar mejor. De hecho, son innumerables los casos en los que el equipo se ha partido con ese 4-2-4 al que recurre repetidamente cuando los partidos se tuercen. Lejos de generar más peligro, los celestes se desordenaron y permitieron correr al Atlético. Sumado a ello la falta de intensidad, como refleja la doble derrota aérea de Cabral con Griezmann, Balaídos fue una pradera para los de Simeone. Hicieron cuatro, pero pudieron ser más. En el último año, al Celta ya lo ha goleado todo hijo de vecino: cuatro el Sevilla y el Atlético, cinco el Valencia, seis el Barcelona y siete el Real Madrid. Seguramente Berizzo no sea el responsable directo de la derrota, pero sí de lo abultado del marcador. 

Tres partidos, tres derrotas. La parroquia, que reaccionó a lo grande aclamando al equipo, ya ve brotar viejos fantasmas. Parece que el Celta no puede disfrutar de una temporada tranquila en Europa. Falso. Esto acaba de empezar y fuera de guión sólo está el inesperado tropiezo ante el Leganés. El camino es empezar a ganar en Lieja y continuar la senda en Pamplona. El vuelo se remontará, seguro, siendo fieles a los principios del éxito del curso pasado. Es momento de reflexionar, de mejorar el nivel físico, de recuperar la intensidad, de encontrar la manera de dañar además de molestar, de aprender a vivir sin Nolito, de ajustar la defensa, de acoplar a los nuevos, pero de no dudar. Eso nunca. 


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